Jairo

Jairo tiene 15 años, pero ya es un hombre.

Desde que era niño fue víctima de violencia, su padrastro lo agredía física y psicológicamente.

«A cada rato tenía problemas con él, recuerdo que una vez me partió la cabeza con un jarro de aluminio, yo era más chiquito».

El novio de su mamá no solo lo agredía, sino que fomentaba un clima hogareño que naturalizaba la violencia. «Una vez me echó a fajar con mi hermano, y mi hermano me pinchó el pie con un destornillador que él le dio para que me agrediera».

En ese ambiente transcurrió su adolescencia. Cuando tenía 10 años se mostraba violento con las personas. Se fajaba en la escuela, en su barrio. Si jugaba a las bolas, les quitaba las canicas a otros niños. Lanzaba piedras a los vecinos, y si alguien lo ofendía, su hermano y él se armaban con palos y le caían a golpes al desafiante.

De su escuela en Centro Habana lo enviaron para una escuela de conducta. «Allí los más grandes querían abusar de mí, y fue cuando me tuve que empezar a fajarme. Tuve que ser agresivo, la gente me buscaba problemas por gusto; no me quería fajar, pero al final tuve que hacerlo».

Sostiene que tuvo que aprender en la vida a maltratar a todo el mundo: «Si no lo hacía, iban a pensar que yo era más débil».

En su barriada le llamar tener un nombre o «sonar» a aquel que acumula méritos con guapería, acciones violentas, comete delitos; Jairo, podemos decir, que ya tiene el suyo.  

«Yo no quisiera sonar porque eso no da nada. Al final, cuando uno empieza a sonar casi siempre lo tumban del caballo. El ambiente y la rutina no dan nada, eso lo que da es atraso», dice; y cuesta creerle cuando uno conoce, de primera mano, que para él la frase «tú si suenas» representa un merecido halago.

Ahora está recostado a una cerca, masticando el tallo de una hierba silvestre. Ve salir la guagua del pase y respira hondo. Extraña su barrio, su calle en San Leopoldo, siente unas ganas tremendas de jugar bolas.

Jairo ya es un hombre, pero tiene 15 años.

*Escrito por Rodolfo Romero Reyes

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