Rebelde

Por José Ignacio De Smedt, estudiante de Periodismo

“Mi nombre es Alejandro y soy adicto a las drogas”. Pronuncio estas palabras y me doy cuenta que, después de tantos años, ahora es que logro aceptar mi problema. Acabé con mi vida, casi muero, y no me percataba de nada.
Empecé a consumir con 19 años. En una fiesta me ofrecieron un cigarro de marihuana. Acepté con la única intención de para socializar con la gente de mi aula, no quería que me vieran como un “fresa”.
Al día siguiente, cuando llegué a mi casa, no le hallaba sentido a lo ocurrido. “No fue tan malo”, pensé. “Igual, a lo hecho, pecho”.
Después de aquella fiesta me comencé a sentir especial. Mis nuevos amigos me invitaban a todos lados, me incluían en sus planes; siempre consumíamos.
Yo, que nunca salía a ninguna parte porque mis padres no me dejaban hacer nada, finalmente había logrado escapar del yugo familiar.
Yo, que siempre fui el “raro” del aula, empecé a sentirme importante.
En dos meses pasé de la marihuana a la cocaína. Creía tener una claridad mental como nunca antes y en mi cuerpo se generaba perenne ansiedad.
Una raya dejó de ser suficiente. Tenía que aspirar con regularidad. Los días pasaban y todo se volvía un infierno. Me dolía la cabeza, la nariz, no salía de mi boca el gusto amargo. Me juré no consumir jamás. ¿Qué buen chiste, verdad?
Las primeras consecuencias las viví en mi casa. Al principio mis padres no se dieron cuenta, aunque les era sospechoso que saliera todos los fines de semana. Luego empezaron a quejarse que no pasaba tiempo con ellos.
Aunque no se me notaban los efectos, lo cierto es que estaba con el humor de un perro de pelea. Luego vinieron los problemas por el dinero. Mis padres se dieron cuenta que pedía mucho, pero no me compraba nada de lo que les decía. Me preguntaban, y yo no sabía qué decir.
Mis pocos amigos aguantaron mis malos humores, los repentinos ataques de ira, mi carácter explosivo, sobre todo porque nunca antes me había comportado así. Poco a poco me fui quedando solo.
Le robé a mi familia, sin reparos y de forma descarada. Esperaba a que se durmiesen o estuviesen entretenidos para asaltar sus billeteras y gavetas.
Una madrugada, al volver de juerga, sentí una fuerte presión en el pecho y caí desmayado. No recuerdo nada más. Al abrir los ojos en el hospital el doctor me dijo que había sufrido un pre infarto, ¡con diecinueve años!
Mis papás me confrontaron fuertemente, y yo seguí negando la adicción. Les dije lo que le decía a todos: que me metía coca solo a veces.
Ahora escribo, cuando todo ya pasó. Fui a un centro de desintoxicación y logré rehabilitarme. No les soltaré un discurso sin sentido; creo que las palabras sobran. Si usted logra leerme, piense un poco y pregúntese si vale la pena sacrificar una vida por las drogas. Yo creo que no.

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