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Jairo

Jairo tiene 15 años, pero ya es un hombre.

Desde que era niño fue víctima de violencia, su padrastro lo agredía física y psicológicamente.

«A cada rato tenía problemas con él, recuerdo que una vez me partió la cabeza con un jarro de aluminio, yo era más chiquito».

El novio de su mamá no solo lo agredía, sino que fomentaba un clima hogareño que naturalizaba la violencia. «Una vez me echó a fajar con mi hermano, y mi hermano me pinchó el pie con un destornillador que él le dio para que me agrediera».

En ese ambiente transcurrió su adolescencia. Cuando tenía 10 años se mostraba violento con las personas. Se fajaba en la escuela, en su barrio. Si jugaba a las bolas, les quitaba las canicas a otros niños. Lanzaba piedras a los vecinos, y si alguien lo ofendía, su hermano y él se armaban con palos y le caían a golpes al desafiante.

De su escuela en Centro Habana lo enviaron para una escuela de conducta. «Allí los más grandes querían abusar de mí, y fue cuando me tuve que empezar a fajarme. Tuve que ser agresivo, la gente me buscaba problemas por gusto; no me quería fajar, pero al final tuve que hacerlo».

Sostiene que tuvo que aprender en la vida a maltratar a todo el mundo: «Si no lo hacía, iban a pensar que yo era más débil».

En su barriada le llamar tener un nombre o «sonar» a aquel que acumula méritos con guapería, acciones violentas, comete delitos; Jairo, podemos decir, que ya tiene el suyo.  

«Yo no quisiera sonar porque eso no da nada. Al final, cuando uno empieza a sonar casi siempre lo tumban del caballo. El ambiente y la rutina no dan nada, eso lo que da es atraso», dice; y cuesta creerle cuando uno conoce, de primera mano, que para él la frase «tú si suenas» representa un merecido halago.

Ahora está recostado a una cerca, masticando el tallo de una hierba silvestre. Ve salir la guagua del pase y respira hondo. Extraña su barrio, su calle en San Leopoldo, siente unas ganas tremendas de jugar bolas.

Jairo ya es un hombre, pero tiene 15 años.

*Escrito por Rodolfo Romero Reyes

Proyecto Escaramujo: 10 años de acciones que cuentan

Educación y comunicación pueden hacer milagros humanos si se unen. Jóvenes universitarios de distintas disciplinas en cuatro provincias del país lo han vivido en carne propia durante estos últimos 10 años.

Por Lisandra Ronquillo Urgellés
Tomado de revista Alma Mater

Lo que el 10 de enero de 2010 inició en La Habana como un primer taller de comunicación audiovisual, en la Escuela de Formación Integral (EFI) José Martí, se convirtió en un proyecto universitario nacional que busca contribuir, a través de procesos educomunicativos, al desarrollo psicosocial de niñas, niños y adolescentes en Cuba, fundamentalmente en aquellos que viven en condiciones de vulnerabilidad social.

Escaramujo comenzó siendo apenas un sueño de algunos estudiantes de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Por él han transitado cerca de 155 estudiantes y profesores de distintas disciplinas de las ciencias sociales, pedagógicas y médicas de cuatro provincias del país: La Habana, Camagüey, Santiago de Cuba y Holguín.

La posibilidad del cambio

Escaramujo se caracteriza por el mestizaje de distintas corrientes como la Comunicación para el Desarrollo, la Educación Popular, la Pedagogía Crítica, la Sociología de la educación y la Psicología Social y Educativa. Los estudiantes y profesores que se han sumado al proyecto no sólo han contribuido a la transformación social de disímiles espacios escolares, como las EFI, secundarias básicas y preuniversitarios, sino que también han incluido estos temas en las agendas académicas de distintas universidades del país.

«Los talleres audiovisuales son realmente un pretexto. Empezamos con mostrarles cortos, teleplays, animados, todos con temáticas relativas a la empatía, el entramado barrio-familia-escuela, etc… Luego los animamos a contar historias con dibujos, fotos u otros medios de expresión. Pero el objetivo principal es que esas historias salgan de sus experiencias, para que, viéndolas así, en tercera persona, les hagan pensar», comenta Amanda Tamayo, egresada de la Universidad de Camagüey Ignacio Agramonte y quién ha impartido talleres en escuelas de conducta.

La actual periodista del semanario Adelante confiesa haber interactuado y aprendido con distintos tipos de adolescentes: «Conocí muchachos sensibles, muchachos que desconfiaban de nosotros, otros muy faltos de cariño, o violentos, o muy graciosos, confianzudos, distantes, inteligentísimos, un poco mentirosos. Existen muchos prejuicios al respecto, pero la triste realidad es que muchos de esos niños están mejor ahí que en sus casas. Es una escuela cuya rutina es bastante apegada al estilo de vida militar, pero no dista tanto de una escuela normal. Tienen clases, hacen deportes, comen tres veces al día, más reciben meriendas. Allí tienen enfermería, recreación una vez al mes, visitas familiares».

Ervin Rueda Rivera, graduado de psicología de la Universidad de Oriente considera que son diversas las vías mediante las cuales se puede ayudar a cambiar las realidades de estos adolescentes y sus familias.

«Muchos son los enfoques y métodos que permiten ahondar en sus problemáticas y permitirles, desde una visión más integradora y crítica de las mismas, una solución a sus dificultades situacionales de cierta manera — afirma—.  Claro que también son disímiles las barreras que en ciertos momentos dificultan un avance favorable para ellos, y es ahí donde se debe ofrecer el mayor esfuerzo de apoyo profesional, con el objetivo de mostrarles a estos jóvenes y sus familias las capacidades, habilidades y herramientas propias para seguir adelante».

En 2011, luego de la primera formación de universitarios, participaron en el proyecto 18 estudiantes y profesores pertenecientes a las carreras de Comunicación Social y Periodismo. Posteriormente se sumaron otras disciplinas como Psicología, Pedagogía, Ciencias Médicas, Sociología y Derecho.

 

En una entrevista anterior, publicada en el blog del proyecto, el holguinero David Guach elogiaba la experiencia transformadora que constituyó pertenecer a Escaramujo:

Ir a la EFI por vez primera y luego hacerme asiduo a las barriadas holguineras de las que salen estos chicos, me ayudó a crecer muchísimo. Primeramente, me hizo consciente de una realidad de la sociedad cubana que hasta ese entonces ignoraba, una realidad muy dura y triste. Descubrir aquellas historias tremendas e intentar vivirlas en mi mente, me cambió mucho. Me tuve que preparar en Psicología de la adolescencia, en manejo de adicciones, en drogas ilegales, en enfermedades de transmisión sexual y otros temas que compiten en las ramas de las Ciencias Médicas; y de paso devorar las selecciones de lecturas de Educación Popular, género y otros temas que sustraje del Centro Martin Luther King. Ha sido toda una epopeya, considerando que la Medicina no me deja tiempo para casi nada más. En lo personal el bien se multiplicó. Aprendí a abrir mi baúl de secretos con la gente, a ser mucho más sociable, a hablar frente a un público y, más importante aún, aprendí a transmitir mi mensaje, y que nadie se quedara bota´o.

En 2018 el proyecto se incorporó al Programa Nacional de Educación del CITMA y en 2019 recibió el Premio de la Universidad de La Habana por la Investigación Científica y Tecnológica y la Innovación al Resultado de mayor aporte a la Educación.

Transformar desde la academia las realidades adolescentes

Hasta la actualidad se han beneficiado 668 adolescentes de las EFI, secundarias básicas y otros vinculados a talleres de formación en producción comunicativa. Estos no solamente han formado parte de estos espacios como simples participantes, sino que también han llegado a generar contenidos audiovisuales.  Los estudiantes de las escuelas de conducta han realizado cerca de 27 audiovisuales.

Fragmento del guion del cortometraje Escaramujo, escrito por Xuan Linh.

Escaramujo pertenece a la Red de Educadoras y Educadores Populares, a la Plataforma UNIAL y a la Plataforma de Articulación Juvenil del centro Oscar Arnulfo Romero. Ha trabajado en estrecho vínculo con el Centro Memorial Martin Luther King y el Centro de Intercambio y Referencia de Iniciativa Comunitaria (CIERIC).

Además, organiza anualmente, desde febrero de 2015, el evento académico Adolescer, un espacio sobre adolescencias en Cuba creado ante la necesidad de compartir con otros un debate científico y académico sobre las situaciones conflictuales a las que se enfrentan en ese período de sus vidas.

Este evento es una expresión viva de los principios del proyecto, su capacidad de articulación y potencialidades para reflexionar sobre las prácticas que conectan la vida, en este caso la academia con la sociedad. De algún modo ha servido como puente para enriquecer las prácticas, los aprendizajes y el conocimiento acumulado sobre los jóvenes y adolescentes.

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Para Dasniel Olivera Pérez, Escaramujo ha puesto en práctica concepciones de diálogo de saberes y construcción de conocimientos transgresoras y revolucionarias. «A veces pienso, que el mayor bien que ha hecho el proyecto no es solamente en relación con los adolescentes y jóvenes que han cometido hechos que la ley tipifica como delitos, o con las educadoras y los educadores de las Escuelas Integrales de Formación; sino a los jóvenes que han coordinado y/o facilitado los procesos, quienes han reconstituido y diversificado sus cosmovisiones de la sociedad cubana».

De acuerdo a la ponencia «La práctica educomunicativa del proyecto Escaramujo: su dimensión investigativa», expuesta por Rodolfo Romero Reyes en el X Encuentro internacional de investigadores y estudiosos de la información y la comunicación (ICOM 2019), las investigaciones del proyecto inician desde la carrera de Periodismo (2010) y tienen su continuidad inmediata en Comunicación Social (2013, 2014, 2015).

«La mayoría se adscriben a las disciplinas Comunicación e información para el desarrollo, aunque también se han realizado desde Comunicación institucional y Periodismo Audiovisual. Por su parte, los estudiantes de Psicología, aunque se vinculan al proyecto desde 2012, no es hasta 2015 que comienzan a desarrollar investigaciones desde esa rama de las ciencias sociales, mayoritariamente desde las disciplinas de Psicología educativa y Psicología social.  Son ellos quienes han logrado mayor sistematicidad (2015, 2016, 2017, 2018) y cantidad de tesis defendidas que en el resto de las carreras», expuso Rodolfo, quien además figura como fundador del proyecto.

«Escaramujo se constituye fundamentalmente en una plataforma metodológica. Los universitarios entonces deben formarse en la concepción de Escaramujo y articular sus necesidades docentes o investigativas a las lógicas de los talleres. Eso es todo un reto profesional, pues implica aprender a usar la investigación como medio y no como un fin en sí mismo. Eso significa que hacen más de lo que les toca, terminan conectados de tal modo que siguen formando parte del proyecto, incluso, después que culminan la tesis», así lo corrobora Ana Hernández Martín, profesora de la Facultad de Psicología de la UH, uno de los espacios más destacados en la investigación académica sobre realidades adolescentes.

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La licenciada en Psicología Juliette Ortiz resalta la diferencia de tratar con adolescentes provenientes de las EFI y los de las escuelas secundarias básicas o preuniversitarios. «La experiencia es diferente, al ser distinto el contexto, entre otros elementos igualmente importantes. Pero el hecho de no estar en esas escuelas, de no estar en un proceso de internamiento, quizás pueda jugar un poco en contra de la dinámica de los encuentros, porque ya no solo depende de que estén en la institución escolar y de que accedan participar de la experiencia, sino también de otras cuestiones que tienen que ver con sus dinámicas cotidianas del barrio, de sus amigos, de la familia, de sus propios intereses, de cuánto puedan conectarse en los encuentros. Yo creo que, en ese sentido, demanda más de nosotros como proyecto, porque tenemos que tratar de motivarlos aún más, de conectarlos más con todos estos procesos; siempre, por supuesto, con la misma responsabilidad, compromiso, ética y respeto.

El proyecto Escaramujo tiene a la Educación Popular (EP) como uno de los pilares básicos en el trabajo con estos adolescentes porque permite incidir sobre procesos que tradicionalmente no se abordan. Utilizarla, brinda la posibilidad de acceder a sus historias de vidas, desde una mirada diferente, crítica. Además, permite impulsar la participación de los mismos durante todo el proceso, el trabajo en equipo, la confianza en el otro, las habilidades comunicativas, la capacidad de resiliencia, las aspiraciones futuras, entre otros elementos que hacen expedita la transformación social.

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FIN

Escaramujo y la investigación de la resiliencia adolescente

Contribuir al desarrollo psicosocial de niñas, niños y adolescentes en Cuba es la intención fundamental de este proyecto que ha hecho del arte de preguntar y preguntarse sobre el mundo circundante, una herramienta para transformar las realidades sociales. La investigación ha sido otra de sus fortalezas durante sus ya casi 10 años de existencia.

Por Lisandra Ronquillo

Tomado de revista Alma Mater

Desde su fundación, el 10 de enero de 2010, el proyecto universitario Escaramujo busca, a través de la metodología de la Educación Popular, no solo contribuir a la transformación del entorno social de los adolescentes, sino también otorgarles las herramientas necesarias para liderar ellos mismos el cambio en su perspectiva de vida, sus círculos de amistades y el barrio.

Si bien en los 61 talleres impartidos por jóvenes universitarios en Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Villa Clara, Camagüey, Holguín y Santiago de Cuba, no ha aparecido la varita mágica que hace desaparecer las contradicciones y estereotipos a los que se enfrentan los adolescentes, Escaramujo ha logrado sumar a sus espacios educativos a más de 688 muchachas y muchachos de Escuelas de Formación Integral, secundarias básicas y preuniversitarios.

Este proyecto, que combina las capacidades de distintas disciplinas como la Psicología, el Periodismo, la Medicina, el Derecho, la Pedagogía y la Sociología, también ha devenido espacio de investigación académica e intercambio de saberes colectivos que impulsan el estudio de estas realidades.

Así lo corrobora la profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, Ana Hernández Martín: «El proyecto se constituye fundamentalmente en una plataforma metodológica. Los universitarios entonces deben formarse en la concepción de Escaramujo y articular sus necesidades docentes o investigativas a las lógicas de los talleres. Eso es todo un reto profesional pues implica aprender a usar la investigación como medio y no como un fin en sí mismo. Eso por tanto significa que hacen más que lo que les toca,terminan conectados de tal modo que siguen formando parte del proyecto, incluso, después que culminan la tesis».

Su ingreso a Escaramujo fue totalmente intencional. Para el año 2014, Ana buscaba trabajar con adolescentes transgresores para poder desarrollar su práctica profesional en concordancia con la actividad docente.

Juliette a la izquierda y Ana a la derecha, durante uno de los debates acerca de la investigación en Escaramujo. Ciego de Ávila, 2015.

«Son muchas las causas por las que un adolescente ingresa a una Escuela de Formación Integral — de conducta — , fundamentalmente la de ser portadores de una herencia social marcada por una inclusión desigual en sus espacios de socialización, dado por relaciones disfuncionales. Un acumulado de carencias afectivas importante en el ámbito familiar y educativo, naturalización de prácticas, conductas antisociales y delictivas en su vida cotidiana facilitan la expresión de valores y comportamientos aparentemente legitimados en la sociedad, pero con contenidos distorsionados normativamente. Ellos dicen ser valientes, pero eso significa no tener miedo a nada, ni límites para mostrar su hombría. Son leales y, en nombre de esa lealtad, cometen hechos delictivos y son encubiertos por la familia o los amigos».

De acuerdo a la ponencia La práctica educomunicativa del proyecto Escaramujo: su dimensión investigativa, expuesta por Rodolfo Romero Reyes en el X Encuentro internacional de investigadores y estudiosos de la información y la comunicación (ICOM 2019), las investigaciones del proyecto inician desde la carrera de Periodismo (2010) y tienen su continuidad inmediata en Comunicación Social (2013, 2014, 2015). «La mayoría se adscriben a las disciplinas Comunicación e información para el desarrollo, aunque también se han realizado desde Comunicación institucional y Periodismo Audiovisual. Por su parte, los estudiantes de Psicología, aunque se vinculan al proyecto desde 2012, no es hasta 2015 que comienzan a desarrollar investigaciones desde esa rama de las ciencias sociales, mayoritariamente desde las disciplinas de Psicología educativa y Psicología social. Sin embargo, son ellos quienes han logrado mayor sistematicidad (2015, 2016, 2017, 2018) y cantidad de tesis defendidas que en el resto de las carreras».

Para Ana Hernández Martín existe más trabajo realizado invisibilizado que reconocido.«Al menos en un inicio desde mi facultad no siempre hubo un reconocimiento, se veía más el cuestionamiento hacia la ausencia de una investigación tradicional con categorías “puramente” psicológicas. Pero en los últimos años ha ido cambiando la percepción. En Escaramujo se reconoce un trabajo profesional, científico, a estudiantes sensibilizados y comprometidos con una realidad compleja de su país y, por otra parte, cada vez más la institución de menores, en cualquiera de sus instancias, nos toma en cuenta para su actividad con los adolescentes».

Adolescer las realidades complejas desde la investigación

A la licenciada en Psicología Juliette Ortiz Gómez fue la profesora Ana la que la insertó en el proyecto. Después de asistir como observadora a las reuniones mensuales de Escaramujo, se vinculó a trabajar con adolescentes de una secundaria básica en la Habana Vieja, para entonces casi finalizaba el tercer año de la carrera.

«Creo que la Educación Popular (EP) es uno de los pilares básicos en el trabajo con estos adolescentes, porque nos permite incidir sobre procesos en los que tradicionalmente no se tocan. Utilizar la EP en el trabajo con estos adolescentes nos brinda la posibilidad de acceder a sus historias de vidas, pero también desde una mirada diferente, crítica, desde otra perspectiva. Además, permite fomentar la participación de los mismos durante todo el proceso, el trabajo en equipo, la confianza en el otro, las habilidades comunicativas, procesos auto valorativos y de la autoestima, la capacidad de resiliencia, contenidos de la identidad personal, aspiraciones futuras, entre otros. De este modo, la Educación Popular nos permite influir en los procesos de transformación social de estos adolescentes».

Los talleres de las EFI difieren un poco de los que se realizan en la enseñanza secundaria y preuniversitaria, debido a los entornos sociales y las complejidades etarias correspondientes a cada etapa de la vida.

«La experiencia es diferente, al ser distinto el contexto, entre otros elementos igualmente importantes. Pero el hecho de no estar en esas escuelas, de no estar en un proceso de internamiento, quizás pueda jugar un poco en contra de la dinámica de los encuentros, porque ya no solo depende de que estén en la institución escolar y de que accedan participar de la experiencia, sino también de otras cuestiones que tienen que ver con sus dinámicas cotidianas del barrio, de sus amigos, de la familia, de sus propios intereses, de cuánto puedan conectarse en los encuentros. Yo creo que en ese sentido demanda más de nosotros como proyecto, porque tenemos que tratar de motivarlos aún más, de conectarlos más con todos estos procesos de los que te venía hablando; siempre, por supuesto, con la misma responsabilidad, compromiso, ética y respeto».

Como explica Juliette el paso por la EFI es en sí mismo el proceso de reinserción social. Luego de su egreso y a partir de las acciones que se llevan a cabo desde la propia EFI, los adolescentes se vinculan a la escuela o al trabajo, según sea su edad. Sin embargo, en estos lugares quizás no siempre son recibidos y tratados de la mejor manera, de una forma en que no influya negativamente sobre sus procesos identitarios, expectativas o aspiraciones.

«Esto nos habla de la importancia de la capacitación de todas las personas encargadas del trabajo directo con estos adolescentes; una capacitación que tiene que ir más allá de la actual, a tratar problemáticas y características de la adolescencia como periodo del desarrollo psicológico, temas de exclusión social, vulnerabilidad social, capacidad de resiliencia, identidad, consumo cultural, habilidades comunicativas, prejuicios y estereotipos y cómo los mismos dañan los procesos identitarios.

Estos adolescentes presentan potencialidades, recursos tanto internos como del contexto, sobre los cuales se puede trabajar de manera intencionada, en aras de potenciarlos. Por ejemplo, desde el punto de vista interno presentan determinadas habilidades comunicativas tales como expresar emociones, defender las opiniones y las buenas relaciones con los coetáneos, al menos en las dinámicas del proyecto; aspiraciones futuras orientadas a la esfera profesional que no están vinculadas a la actividad delictiva; capacidad de autocrítica, conocimiento de sí mismos, reflexiones en torno a sus propios comportamientos, disposición a cooperar y a apoyarse mutuamente. En cuanto a factores del contexto, podemos mencionar la existencia de un marco jurídico protector de derechos, tanto a nivel macro social como del micro medio donde se desarrollan, en este caso de la EFI y de la percepción que poseen de la institución escolar y de sus familias».

La investigación ha sido uno de los pilares básicos de este proyecto. Inclusive, como iniciativa de seis jóvenes universitarios surgió en 2015 el Evento Académico Adolescer, un encuentro anual dedicado al debate científico y académico sobre las adolescencias en Cuba.

Contribuir al desarrollo psicosocial de niñas, niños y adolescentes en Cuba es la intención fundamental de los universitarios y profesores que han hecho del arte de preguntar y preguntarse a sí mismos sobre el mundo circundante, una herramienta para transformar las realidades sociales, fundamentalmente de aquellos y aquellas que viven en condiciones de vulnerabilidad. Escaramujo es un proyecto que como tararea la canción de Silvio Rodríguez es la pupila asombrada que descubre como apunta, y es todo lo que se junta para vivir y soñar.

Psicología a prueba de delitos

Por Lisandra Ronquillo

Suele decirse que las primeras impresiones marcan, y más cuando al visitar una Escuela de Formación Integral — de conducta— empiezas a cuestionarte por qué llegaron hasta ahí esos muchachos. Imagínate por un momento frente a un aula llena de adolescentes que, producto del medio social y familiar en que crecieron, han llegado incluso a atentar contra la vida de otra persona. ¿Qué harías?

Ellos te miran de cierta manera a la cual no estás acostumbrado. En sus miradas notas la desconfianza. Estudiar psicología no te salva de la intimidación que experimentan los profesores-estudiantes primerizos. Has entrado en su territorio para hablarles de Escaramujo, de la Educación Popular que ellos no conocen y piensan que no les sirve para «la calle».  ¿Cómo los convences de que sí?

Ervin Rueda Rivera debió hacerse las mismas preguntas cuando entró a la EFI Antonio Maceo de Santiago de Cuba y la profesora Ileana Alea le propuso, a partir de los talleres del proyecto Escaramujo, hacer su tesis de licenciatura con la que culminarían sus estudios en la Universidad de Oriente.

Diversas son las vías desde la psicología mediante las cuales uno se puede apoyar para ayudar a cambiar las realidades de estos adolescentes y sus familias. Muchos son los enfoques y métodos que permiten ahondar en sus problemáticas y permitirles, desde una visión más integradora y crítica de las mismas, una solución a sus dificultades situacionales. Claro, también disímiles son las barreras que en ciertos momentos dificultan un avance favorable para ellos, y es ahí donde se debe dar el mayor esfuerzo de apoyo profesional con el objetivo de mostrarles a estos jóvenes y sus familias las capacidades, habilidades y herramientas propias para seguir adelante. En mi investigación como método fundamental utilice la IAP (Investigación-Acción), el cual permite por medio de la interacción de sus miembros el desarrollo de un espacio de transformación.

Uno de los momentos que más disfrute fue cuando estábamos haciendo unos videos en los que tenían que reflejar ciertas manifestaciones de conductas observadas por ellos en sus zonas de residencia y hablar sobre las mismas. Al principio les dio pena, pero con un poquito de embullo y persuasión terminaron haciéndolo. Lo que más sorprendió fue el nivel de crítica que hacen en relación a lo experimentado.

¿Cuáles son las causas más comunes por las que ingresan a estos centros?

Una de las causas más comunes es un mal manejo familiar en los procesos educativos y comunicativos; lo cual está aparejado también al medio y contexto social en el cual se desarrollan estos adolescentes, ya que los procesos de aprendizaje de normas y desarrollo moral se ven afectados por inadecuadas compañías que entorpecen el adecuado desarrollo personológico.

Alter ego

Imagina que eres un adolescente recién llegado a la EFI Antonio Maceo. Llegaste ahí por alguna conducta tipificada por la ley como delito. Robabas, agredías, vendías tu cuerpo con tal de conseguir dinero para la casa, para la pura, el abuelo, para ti, porque a nadie más le interesas.

Ya no eres libre de hacer lo que te plazca como en la calle. Te levantas temprano, haces gimnasia, desayunas y piensas en tu mamá. Arreglas la cama como nunca lo hiciste en casa. Tienes clases. En la tarde te vas para el salón de computación, las áreas de educación física o el huerto.

Entraste al taller del proyecto Escaramujo porque te dijeron: Eso está bueno, y tú te sumaste por embullo. Te sorprendes.

                                                           ***

Historias he conocido varias, pero con la que más me identifico es con el adolescente y la familia con la cual trabaje durante mi ejercicio de culminación de estudios. El tener en ese momento una edad con la cual ellos se identifican resultó conveniente para el trabajo realizado, pero a la vez demandó responsabilidad y sacrificio, pues esto no significa que por ser joven no se asuma el trabajo para con ellos con dedicación, profesionalidad y ética. Me permitió de manera positiva incidir en la modificación de algunos patrones inadecuados de la dinámica familiar en los procesos de la comunicación. Esa gratificación de un trabajo que alcanzó tales resultados siempre lo llevo conmigo, así como el agradecimiento de ese adolescente y su familia por haberlos ayudado en momentos de angustia.

Para algunos el no recibir un apoyo familiar para la continuidad de estudios en función de la consecución laboral es muy desfavorable, pues muchos retoman viejas costumbres como es el incurrir en nuevos delitos. Vuelven a juntarse con aquellas personas que no se catalogan como adecuadas para su proceso de formación de valores y también son, en cierta medida, tipificados como delincuentes. Cuando intentan establecerse laboralmente no son recibidos con la mejor de las atenciones, lo cual es un poco peyorativo y se constituye como una problemática social, aunque no suceda de manera general en todos los casos.

¿A qué estereotipos se enfrentan cuando salen de estos centros educativos?

Estos jóvenes se enfrentan en su mayoría a estereotipos sociales relacionados con la creencia de que, como vienen de una EFI o en su entorno conocen el delito por el cual estuvieron allí, no podrán ejercer o desempeñar un oficio sin presentar alguna problemática. También existe la creencia de que no podrán continuar estudios debido a que no son buenos estudiantes por las dificultades presentadas anteriormente. Es un hecho real que, aunque no les suceda a muchos, siempre está presente y resulta denigrante que, en una sociedad instruida como la nuestra, sucedan estos tipos de eventos estigmatizadores.

Ervin siempre recuerda a Escaramujo como el placer de formar parte de una familia por la que han transitado más de 155 estudiantes y profesores universitarios.

El conocer un proyecto con una calidad humana increíble y el deseo de muchas personas me permitió transformar desde una perspectiva comunicacional la vida de esos adolecentes y algunos de sus familiares. El más grande y grato recuerdo es la sonrisa de agradecimiento de cada uno de esos muchachos con los cuales vivimos momentos de nuestras vidas, que, aunque hayan sido breves, fueron significativos, para ellos y para nosotros. Por eso nadie debería perder esta oportunidad. Es algo que no debes esperar a que te lo cuenten, solo debes dar el paso al frente, de manera decidida, para dejar huella y brindar un granito de arena más.

¿Y si tuvieras que definir al proyecto en una palabra cuál sería?

Cambio.

¿Llevar el cuño del barrio?

Proceder de una comunidad con alta vulnerabilidad social puede ser a veces una ventaja, sobre todo cuando alguien se involucra en un proyecto para rescatar a jóvenes sometidos a las consecuencias de esos ambientes. Así le ocurre al joven Lázaro Raydel Galano, estudiante de la Universidad de Ciencias Pedagógicas de La Habana e integrante del proyecto Escaramujo.

Por Lisandra Ronquillo Urgellés

Lázaro creció en Párraga, un barrio como otro cualquiera del municipio habanero Arroyo Naranjo, en ese pedazo de ciudad que colinda al norte con el consejo popular de Callejas y al sur con la Güinera. Allí donde cada noche-madrugada confluyen, como en otras zonas vulnerables de la capital, la delincuencia, la droga y jóvenes que intercambian sexo por dinero. Allí mismo donde vive con su mamá y su abuela desde que nació un 17 de diciembre de 1997 y donde seguirá viviendo una vez que se gradúe de la universidad.

La primera de sus pasiones la aprendió del padre y los constantes viajes desde pequeño a los estadios deportivos. La otra llegó un poco después, para guiarlo incluso en sus estudios en el Instituto Universitario Pedagógico Enrique José Varona. «Siempre me gustó la historia y en el pre tuve un buen maestro que me motivó. Me gusta educar y enseñar a los estudiantes a que analicen y sean capaces de tener sus propios criterios».

En Párraga hay aproximadamente dos círculos infantiles, cuatro escuelas primarias, dos escuelas secundarias básicas y una escuela de conducta. A inicios de 2016 llegaron a la UPEJV los miembros más antiguos del proyecto Escaramujo para hablar sobre la metodología de la Educación Popular y los procesos educomunicativos, desde entonces Lázaro Raydel Galano lleva el arte de la pedagogía a espacios adolescentes marcados por la supervivencia en las calles y escenarios familiares complejos.

«Los estudiantes se identifican más y se sorprenden de vernos allí, sobre todo en mi caso, que vivo en un barrio igual que el de ellos. Lo primero que la mayoría pensamos al llegar a una Escuela de Formación Integral (EFI) es que encontrarás adolescentes violentos, con situaciones difíciles en lo familiar y en lo personal. Sin embargo, con nosotros nunca han sido agresivos, como adolescentes tienen características propias de su edad, son intranquilos, etc. Lo que sí  los afecta es la falta de una correcta orientación, y una mayor comprensión y preocupación por parte de sus familias que, en muchos casos, propicia que caigan en los centros de reeducación».

***

Los horarios de una EFI suelen ser similares a los de un centro de enseñanza para becados. «Se levantan temprano, desayunan, los que tienen clases van a recibirlas y meriendan sobre las 10 de la mañana. Al mediodía corresponde el almuerzo y luego, los que no tienen clases, se quedan en el destacamento hasta la tarde. Ven el noticiero después de la comida y durante el día algunos están en tareas como la limpieza, la chapea o el apoyo en el comedor».

El hecho de pertenecer a un lugar u otro, marcado en mayor o menor medida por los estereotipos generados por las problemáticas sociales, no debería acuñar irresponsablemente determinadas características a sus habitantes. El haber estudiado en una escuela de conducta tampoco debería hacerlo.

Los jóvenes que se suman al proyecto Escaramujo buscan contribuir a sacar a los adolescentes de las EFI de sus universos marginales.

«Para algunos de ellos el haber estado en una EFI es algo meritorio, mientras para otros, que son la mayoría, los marca para siempre. A partir de ese momento son vistos como delincuentes; ocurre que después de su egreso casi siempre en los lugares en los que se insertan, o en sus barrios, los rechazan. Si bien las causas más comunes por las que ingresan en estos centros son el consumo de drogas, hechos delictivos con objetos punzantes, robos con fuerza, no siempre el entorno familiar determina las características del adolescente. Conocí a uno cuyos padres tenían buena posición, el papá era administrador de un buen mercado y su mamá ama de casa, pero él cayó allí, su barrio, sus amistades, influyeron más que su familia».

Lázaro participó en los talleres en la EFI de La Habana en 2016 y 2017, en ellos asumió los roles de coordinador o relator. «Observamos generalmente su comportamiento en la escuela desde lo pedagógico, lo psicológico, lo comunicativo, la influencia del grupo, los roles de liderazgo, las características que ellos identifican de sus barrios, entre otros muchos aspectos. Todos seguían al líder del grupo, lo apoyaban y nosotros nos dábamos cuenta de que este adolescente era quien podía ayudarnos en los talleres para comprometer a los demás. A su vez hablamos con ellos temas como el barrio, la familia, la escuela, la sexualidad y la comunicación. Reconstruíamos, en conjunto, historias en las que ellos fueran capaces de determinar si lo que hacían era correcto, o no, a través de técnicas y de análisis de sus conductas». 

Desde sus inicios Escaramujo ha potenciado que su práctica quede registrada en investigaciones concretas que han servido para validar su experiencia de transformación social desde un punto de vista académico y han contribuido a que el proyecto forme parte, desde 2018, del Programa Nacional de Educación del CITMA. Muchas veces las experiencias en las EFI tributan a proyectos de investigación para licenciaturas, maestrías y doctorados. Las muestras, en la mayoría de los casos, son escogidas al azar, pero siempre la escuela tiene interés en trabajar con algunos adolescentes en específico, para ayudarlos desde la pedagogía, la comunicación, la psicología y otras diferentes disciplinas desde donde se suman universitarios al proyecto.

Aunque muchos logran cambiar a partir de los talleres, confiesa Raydel, otros mantienen su conducta desajustada. «Conocí a un muchacho cuyo sueño era la música. Era bastante tranquilo, pero sus amigos tenían una mala conducta y asimiló ese comportamiento por la presión social.  Su familia siempre se preocupó por él y hoy agradece a Escaramujo el haber podido cumplir su sueño. A mí, en lo personal, el proyecto me dio la oportunidad de cambiar como persona, de conocer a los chicos, y de aumentar mi conocimiento. Lo que hacemos es una linda labor, pero la verdadera experiencia se adquiere en las EFI. En fin, lo llevo en mi corazón, porque yo también cumplí mi sueño gracias a Escaramujo».

Los talleres de Escaramujo buscan trasformar el imaginario social de los jóvenes a partir de procesos educomunicativos

Cuando lo ínfimo se hace extraordinario

Por Lisandra Ronquillo Urgellés

Ella quiso ser periodista, y no en el sentido frívolo de marcar esta u otra opción en la boleta de 12 grado. Quería escribir, soñar, alentar las verdades que necesitaban ser dichas, conocerlas, hacerlas suyas. Ella quiso ser periodista y lo hizo. Empacó las maletas un día y salió de Morón para ir a estudiar a la Universidad de Camagüey. Observó, se hizo preguntas, se cuestionó ciertas realidades y decidió transformarlas.

En primer año conoció a Lísabell Sánchez, la «profe» de Teoría de la Comunicación, y desde entonces quedó prendada de la educación popular. En ese semestre entraron las dos juntas a Escaramujo. Una semana, 7 días en Ignacio Agramonte, fueron suficientes para comprender que en las Escuelas de Formación Integral — de conducta — existen, como se dice por ahí, adolescentes que cometen delitos, viven en barrios marginales y tienen familias complejas y disfuncionales. Sin embargo, también percibió que algunos, como ella quiso alguna vez, ansiaban ser periodistas, médicos, psicólogos, o realizar cualquier «pinchita» para ayudar a la pura, el puro, la abuela, sus seres queridos.

Amanda Tamayo piensa en el proyecto Escaramujo y lo primero que viene a su mente no es, paradójicamente, un taller, sino la sensación de formar parte, de significar algo para los adolescentes en las tardes. «Para ayudar nos sentábamos todos a escoger el arroz del comedor escuchando al dúo Buena Fe, mientras los muchachos conversaban con nosotros por las ventanas o nos pedían que los viéramos jugar al fútbol.

«La primera vez que fui a la EFI Ignacio Agramonte tenía 18 años y dije que tenía 20, porque el tema de la edad me preocupaba. Tenía mucho miedo de no caerles bien a los muchachos, porque tengo una personalidad seria e introvertida. Por lo demás, me impactó un poco la rigidez de la vida en la escuela. Estaba nerviosa…».

EL DÍA A DÍA

En el hablar popular a las escuelas de conducta se les denominaba «combinaditos». Si nos guiáramos por tal denominación, obviamente se relacionarían los estrictos horarios y reglas de una cárcel con los de estas instituciones de adolescentes. Eso no es del todo cierto. Los que ingresan a estos centros no suelen ser vistos por la sociedad como jóvenes víctimas de sus entornos sociales, esos que los han llevado a sobrevivir siguiendo las leyes de la calle. Ante los ojos de la opinión pública y hasta del barrio, muchas veces se les ve como ladrones, prostitutas, delincuentes, «elementos». Las EFI intentan sacarlos de los universos marginales a los que están acostumbrados.

«Existen muchos prejuicios al respecto — dice Amanda — pero la triste realidad es que muchos de esos niños están mejor ahí que en sus casas. Es una escuela cuya rutina es bastante apegada al estilo de vida militar, pero no dista tanto de una escuela normal. Tienen clases, hacen deportes, comen tres veces al día, reciben meriendas. Allí tienen enfermería, recreación una vez al mes, visitas familiares.

«Los acompañan uno o dos oficiales diariamente y tienen un instructor o maestro guía. Se les aplican castigos, como en casa, pero nunca de índole corporal. Yo creo que lo que falta es trabajo de promoción de las relaciones interpersonales, la empatía, la igualdad de género, la violencia, la salud sexual y otros temas que no cubren las clases. Una carencia que viene a suplir Escaramujo, pero todavía de manera muy insuficiente».

¿Y qué sucede después de salir de estas instituciones?

«En la realidad a la que ellos pertenecen mamá y papá no suelen estar presentes, la calle es la escuela, la delincuencia y la violencia se normalizan, y los valores morales están de cabeza. Eso no lo curan las escuelas, ni las EFI, ni la policía. Los niños solo son un síntoma, la comunidad en la que crecen, y a la que vuelven al salir de la EFI, es la enfermedad».

«Son muchachos que creen que mi vida (ir a una universidad, hacerse profesional) es algo distante, como de otro universo. Su reinserción depende de cuánto añoren su propia emancipación y de que superen la inercia que provocan los ambientes sociales en los que crecen, que aprendan a conocerlos y cuestionarlos. La educación popular, confío, es la única o la más eficiente manera de ayudarlos a cuestionarse su vida. En eso la EFI debería influir».

EL TALLER

La primera vez que Amanda se paró ante un aula fue en la EFI Ignacio Agramonte, de Camagüey. En ese momento maldijo su carácter introvertido, su timidez e incluso la hora en la que se apuntó a aquel proyecto edocomunicativo llamado Escaramujo. Estaba totalmente fuera de su zona de confort, de pie frente a un grupo de muchachos cuyas miradas variaban entre la indiferencia de algunos, el interés de otros, y los ojos retadores de los más rebeldes marcando territorio.

¿Se detuvo? No, para nada, y entonces comenzó a hablar de todo un poco, sobre el audiovisual, las historias, los planos, el periodismo, la vida…

«Conocí muchachos sensibles, muchachos que desconfiaban de nosotros, otros muy faltos de cariño, o violentos, o muy graciosos, confianzudos, distantes, inteligentísimos, un poco mentirosos. Sin duda sus historias han sido en parte desgarradoras, pero recuerdo uno en especial que lo único que quería era volver a su casa y no preocupar más a sus abuelos, un par de ancianos que lo criaban desde hacía mucho. Si bien comprometerlos es difícil, cuando la escuela colabora, y se identifican líderes positivos, salen muy buenas reflexiones».

Escaramujo nació el 10 de enero de 2010, cuando en la Escuela de Formación Integral José Martí, en La Habana, se inició el primer taller de comunicación audiovisual sustentado en la metodología de la Educación Popular. Desde entonces el proyecto busca contribuir al desarrollo psicosocial de niñas, niños y adolescentes en Cuba, fundamentalmente en aquellos y aquellas que viven en condiciones de vulnerabilidad social.

«Los talleres audiovisuales son realmente un pretexto. Empezamos con mostrarles cortos, teleplays, animados, todos con temáticas relativas a la empatía, el entramado barrio-familia-escuela, etc… Luego los animamos a contar historias con dibujos, fotos u otros medios de expresión. Pero el objetivo principal es que esas historias salgan de sus experiencias, para que, viéndolas así, en tercera persona, les hagan pensar».

Amanda quiso ser periodista y lo hizo, ahora trabaja en el periódico Invasor de Ciego de Ávila, su provincia natal. Ella consiguió ayudar a otros a través de la educación popular. Confiesa que antes de Escaramujo nunca había hecho algo tan atrevido, pero no se arrepiente, pues hasta ahora nada ha logrado hacerla sentir tan bien consigo misma que ese proyecto.

«Quisiera olvidar cualquier momento en que no comuniqué lo que debía adecuadamente, en que les impuse una línea de pensamiento, en que no los escuché, o en el que la técnica, la mística o la actividad grupal no funcionó, o se pareció a una clase común y corriente. Pero a la vez me alegra recordarlos y mejorar, porque la memoria al fin y al cabo es un mecanismo de supervivencia»

¿Y si tuvieras la oportunidad de invitar a otro universitario a formar parte de Escaramujo qué le dirías?

«Que puede cambiar cosas. Que, aunque no cambie nada, existe la ínfima posibilidad de que el hecho de conocerte haga que algún muchacho en conflicto se haga una pregunta que le desate una revolución interior. Y por esa pequeña posibilidad vale la pena luchar.

Muñeco

Por Lisandra Ronquillo Urgellés

1 Había una vez un niño

Nací en Cayo Hueso, en Centro Habana. De mi papá no les puedo contar mucho porque a Carmen no le gusta hablar de eso. Las pocas veces que le pregunté me formó tremenda cantaleta. Con lo poco que me contó mi abuela, y lo que dicen algunos vecinos, he ido atado cabos de esa historia.

Parece que se conocieron en pleno periodo especial. Él estaba en uno de sus «pases por buen comportamiento». Imagínate, sales del combinado el fin de semana y te encuentras a una mujer bachatosa y bailadora como la pura, y entonces te enredas. Mi mamá salió embarazada; fue a verlo incluso a la prisión, pero él decidió darle la espalda.

Cuando cumplió su condena, pasó un día por la casa; yo estaba para la escuela, tenía como seis años. Habló con mi mamá, tomó café y le dijo que se iba del país; eso me contó abuela.

Un día en el barrio, hablando ahí con los socios, alguien preguntó —tal vez lo hizo para hacerme sentir mal—. «Mi puro vive en la yuma», le respondí. Y Gustavo, un negro viejo de aquí de la cuadra, que conoce a todos los que han estado en cana, me dijo: «No sea comemierda, que su papá sigue preso y no va salir más nunca. Dicen que está en “kilo 7”, eso es máxima seguridad, allá en Camagüey».

Vaya, la verdad es que no me interesa mucho saber de él. Yo vivía en mi cuartico con Carmen —sí, porque ya mi abuela se murió cuando yo empezaba la secundaria— y allí vacilaba lo mío, jugaba a las bolas, trompo, a la manito; después andaba de bonche en bonche; mi mamá no me decía nada. Empecé a juntarme con el elemento del barrio, y terminé arrebatándole una cámara a un extranjero, tremendo empujón que le di, cayó de cara contra el contén.

2 La Escuela de Formación Integral y el proyecto Escaramujo

Amanda es bajita, y delgada, por eso cuando llegó a la Escuela de Formación Integral (EFI) casi nadie creía que venía con el grupo de universitarios del proyecto Escaramujo. Parecía una más entre los adolescentes que llegan a estos centros por mantener conductas desajustadas o cometer algún hecho tipificado como delito.

Desde el primero de los talleres, Muñeco le cayó un poco mal. No quería participar; saboteaba cualquier técnica de integración que proponían los jóvenes que coordinaban el espacio; se burlaba de sus compañeros cuando estos querían hablar o contaban algo de sus vidas; incluso, se sentaba fuera del círculo, alejado de los demás.

«Me gusta, de comida arroz frito, de postre el flan, color morado y sabor chocolate», así escribió en el pequeño papel que Amanda puso en sus manos. No entendía por qué una maestra quería saber aquello, ni que tenían que ver sus gustos con aprender a filmar o a hacer fotografías. En fin de cuentas había un montón de cosas que tampoco comprendía: qué hacían unos universitarios dando clases a muchachos como él que lo único que saben en fajarse, portarse mal, robar, deambular por ahí.

A Amanda siempre le han gustado los tatuajes; ha querido hacerse uno pero no  se decide dónde y menos qué. Nota enseguida que todos en el grupo tienen, incluso más de uno. Muñeco es el que más: dos lágrimas en la cara, el nombre de su mamá y el de su abuela en el brazo… dice que tiene otra figura, bastante abstracta, en la espalda.

Pasan los días y el grupo comienza a motivarse. El propio Muñeco está mucho más integrado a las actividades. En un clima de mayor confianza, admite: «Al principio me apunté por embullo; es mejor estar aquí que estar chapeando o limpiando los pasillos. Pero este cursito de Periodismo está chévere, la paso bien, aprendo cosas interesantes y me relaciono con mis compañeros».

Un día los jóvenes del proyecto Escaramujo coordinan una técnica en la que, cada adolescente debe hacerle por escrito un regalo a su compañero. Muñeco se alegró al recibir los suyos: «-Pórtate bien para que salgas conmigo de esta escuela. -Piensa que el respeto es lo principal de un hombrecillo sencillo y una mujercita como yo. -Amiguito, cuídate mucho. -Eres un buen muchacho y una bella persona».

Después de varias semanas de debate acerca de sus familias, barrios y la propia escuela, y tras aprender distintos tipos de movimientos de cámaras, planos y otros elementos de la realización audiovisual, el grupo de adolescentes se propuso contar su historia. «Tiene que ser un documental donde todos podamos participar como actores y periodistas», exigió Muñeco. Amanda comprendió que el adolescente había transitado finalmente, del interés a la implicación.

3 El documental

Llegué a la escuela con cierto temor. Esa era una realidad muy distinta a mi vida universitaria. De todos los procesos, el que más disfruté fue la realización del documental. Alternaron los roles y mientras uno era entrevistado, el otro hacía las preguntas. Trabajaron en parejas, Muñeco entrevistó a Claudia. Los dos estuvieron bastante comunicativos. Él, al finalizar la grabación, comentó que había omitido detalles de los delitos que había cometido porque realmente no le gustaba que esas cosas aparecieran en cámara. Por su parte, durante la entrevista a Claudia, sorprendió a todos al preguntarle por su intento de suicidio, algo que no se había mencionado nunca antes en las sesiones del taller.

En el guion, los adolescentes habían incluido el simulacro de robo con fuerza. Muñeco dio muchas ideas para los movimientos de cámara, incluso, cuando otros eran quienes tenían la cámara en la mano.

Cuando llegué a la casa, descargué los archivos de la cámara de video y me puse a verlos en la laptop del trabajo de mi mamá. Fui directo a su testimonio: «En el destacamento se vive una rivalidad tremenda, a veces hay desconsideración y falta de respecto entre nosotros mismos. No me gusta meterle el pie a los otros, ni las faltas de respeto. Yo lo que creo es que siempre se puede cambiar y que en la vida hay que saber comportarse de acuerdo con el lugar donde uno esté. En mi barrio hablo de una forma, actúo de una forma; ahora cuando salga y consiga un trabajo, si es con gente fina y elegante, yo tengo que portarme fino y elegante también. Ya casi tengo 17 años, ahora las cosas son muy diferentes, ya soy mayor de edad».

Corrí el video y revisé la parte en que hablaba del egreso: «Mi mamá ya habló en el Hospital Ameijeiras para un trabajito como técnico automotriz, y si no se puede, una plaza como camillero. Por la escuela me llevaron a conocer el lugar, y mis compañeros de trabajo son súper estelares. Tengo un jefe que también es bueno, nada, lo que tengo es que aprovechar esta oportunidad. Superarme para tener mis cosas, hasta que llegue a tener mi hijo y mi familia».

Después de ver todos los videos, tomé algunas notas en mi libreta: «Muñeco, vive en Cayo Hueso, Centro Habana, lleva un año y once meses en la escuela, egresará con 17 años. Come mucho. Dice que le gusta el pan con coquito y el flan».

4 La calle, el futuro, los estigmas

Hacía cuatro años que Amanda había participado del proyecto Escaramujo. Le hablé de mi proyecto de investigación sobre los procesos de reinserción social de los adolescentes en escuelas de conducta; ella me contó de su experiencia, y me puso en contacto con Muñeco, un joven de 21 años a quien ella conoció durante aquellos talleres.

Estaba mucho más delgado que en las fotos. Había crecido. Vestía un overol azul. Me contó que al salir de la EFI trabajó par de años en el Ameijeiras como camillero y ahora es albañil en una brigada de construcción. Me cuenta que el proceso de reinserción no fue nada fácil.

«A mí, en ningún momento nadie fue a brindarme apoyo, al contrario. Me metí por lo menos un año con la policía detrás de mí, tocándome la puerta, con citaciones; si robaban cerca de mi casa o se fajaban en la cuadra, enseguida iban a buscarme. Mi jefe de sector nunca hizo otra cosa que no fuera eso, nunca pasó a preguntar cómo tú estás, nunca me ayudó a buscar trabajo, los que he tenido los conseguí yo solo; y al principio, con la ayuda de los oficiales de Menores», comenta.

En Cuba existe un mecanismo que garantiza a los adolescentes que egresan de la EFI, una ubicación laboral o para continuar los estudios. Durante todo un año se les debe dar seguimiento por la Dirección de Menores del Ministerio del Interior, el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, el Ministerio de Educación. Los centros de estudio y de trabajo están en la obligación de recibirlos y ofrecerles un empleo que puedan desempeñar.

Cuando conversé con Carmen, la madre de Muñeco, comprendí que, como casi siempre, la realidad es mucho más rica. «Al principio los trabajadores sociales me dijeron que buscara unas cartas de la escuela, y que ellos me iban  a ayudar. Todo fue entre comillas. Pasar por la EFI es algo que te marca. Yo misma hice varias gestiones y nadie me resolvía. Te daban una luz apagada o te decían: «Mamá, él estuvo preso, aquí no puede trabajar».

En Cuba, según la ley, los menores de edad están despenalizados. Las modificaciones realizadas en las EFI persiguen formar a estos adolescentes desde una perspectiva integral para que continúen sus estudios o se formen en un oficio que les permita reinsertarse —o insertarse por primera vez— en la sociedad. No obstante a lo establecido, persisten los prejuicios, la estigmatización y el rechazo.

«Se pasa trabajo a veces hasta para buscarse una novia. Los padres le decían: no salgas con ese chiquito que es un presidiario, un delincuente, siempre está faja´o. En el trabajo la gente te recibe con una mala opinión. No se dan cuenta que un error lo comete cualquiera en la vida, y después, cuando tú les demuestras que no eres malo, que estás trabajando, que no tienen que llamarte la atención en nada, ya es tarde porque te hicieron pasar el mal rato».

Hace seis años de mi entrevista con Muñeco. Todavía vive en Centro Habana. Tiene una niña de cinco años que en este septiembre empezó prescolar. Me escribe por Facebook. Dice que es feliz: «Al fin salí bien, nunca caí preso, me he vuelto una persona muy trabajadora. La escuela no la extraño. A las muchachas que estudiaban conmigo allí, a esas sí me gustaría volver a verlas, seguro muchas han parido, pero deben seguir igual de lindas».

Dispuestos a filmar*

La primera vez que Dany tuvo una cámara de video en sus manos fue porque se la arrebató a un extranjero. Tenía 15 años. Vivía en Centro Habana. Alguien llamó a gritos a la policía, haciéndose eco de los lamentos del turista. La calle, solitaria. El muchacho llegó a su casa, agitado, pero sin mayor dificultad.

Además de la cámara, que sobresalía en uno de los bolsillos de la mochila, encontró algunos dólares en billetes chiquitos, una camiseta con olor a sudor y perfume «de afuera», un pomo de agua y una caja de cigarros a medio fumar.  Contó el dinero y lo guardó. «Con suerte la puedo vender en 100 cuc, o en 150. ¿Cuándo costará una de esas? ¿Servirá?». Sujetó el cigarro solo con los labios, empezó a trastearla para ver dónde se encendía y empezó a filmar. Planos de su sala-comedor-cocina, un zoom-in y un zoom-back al pequeño rectángulo que les servía de cuarto a él y a su mamá, sirvieron para constatar su buen estado.

Apagó el cigarro en una de las mohosas paredes, guardó la cámara en una jaba de nylon negra y salió para casa de René. «Seguro me da un buen precio». Antes de entregarla al joven «comerciante» borró lo que había filmado. «Tú te imaginas que la policía la recupere. Les hubiera dejado hasta las imágenes de mi casa». Entregó la cámara y recibió un poco más del dinero que había calculado. «Tuve suerte, parece que es de marca».

…………………………

Claudia pasaba las vacaciones sentada frente al televisor. Disfrutaba películas, series, videos-clip. En algún momento, su papá llegó a pensar que aquello no era normal y que requería intervención psicológica. Nada de eso. Claudia encontró en su hobby una pasión que devendría en formación vocacional.

Quería estar delante y detrás de las cámaras. Por eso el día que en su secundaria los instructores de arte organizaron un noticiero, ella fue la conductora y también la que asesoró los procesos de edición y posproducción.

Ahora tiene ante sí una decisión difícil. En su familia siempre habían asumido que ella estudiaría en la escuela vocacional; pues esa era la tradición familiar. De la Escuela Nacional de Arte apenas sabía dónde se ubicaba. ¿Actriz, directora de cine, periodista? ¿Cómo ser universitaria y al mismo tiempo cumplir su sueño?

………………………

Si algún celular da algún indicio de estar filmando, Gabriela vira la cara y, si puede, se aleja del lugar. Desde hace dos años no se toma fotografías, mucho menos videos. Dice la psicóloga que la atiende que es una especie de fobia a ser grabada o filmada. Lleva un año asistiendo a las consultas y aunque los avances son notables, todavía los sucesos siguen latentes.

Tenía un novio de 18 años, cuatro años mayor que ella. Su primera vez, en todos los sentidos, fue con él. Les decía a sus amiguitas de la escuela que le gustaban mayores porque «eran hombres que sabían lo que hacían, podían representarlas y no andaban en inmadureces».

Confiaba en él y se había acostumbrado a nunca decirle que no. Aceptó ir a un bar con él, estuvo de acuerdo en mentir cuando, antes de servirle su primera caipirozka, la mesera le preguntó si era mayor de edad. No lo contrarió cuando él propuso que faltara dos días seguidos a la escuela para fugarse juntos para la playa. Tampoco lo contradijo cuando él quiso filmarla con su celular mientras tenían relaciones sexuales.

Después de aquello todo se salió de control. Los videos circularon de celular en celular por el barrio, el tecnológico y su secundaria; hasta algunos profesores lo vieron. Hubo reuniones de padres. Aunque no acusaron formalmente al muchacho, las amenazas impidieron que se subieran las imágenes a internet. Gabriela se cambió de escuela, pero nada en su vida volvió a ser igual.

…………………………

Comienza la quinta sesión del taller que coordinan los estudiantes del proyecto Escaramujo. Los adolescentes están a la expectativa. Las técnicas participativas les han parecido fascinantes; ya se van conociendo entre ellos y empiezan a sentir que son un grupo. Han aprendido de emisores y receptores, canales, medios, retroalimentación, creación colectiva, cómo pensar un periódico comunitario, qué priorizar en la confección de un mural para la escuela… Los coordinadores explican que en el encuentro de hoy aprenderán cosas elementales sobre la realización audiovisual. Una de las coordinadoras saca de su mochila una cámara de video. Gabriela entra en shock, no imaginó que el taller incluiría eso. A Claudia le brillan los ojos, se siente realizada. Dany sonríe pícaramente, piensa en su pasado, en la escuela de conducta, recuerda la promesa que le hizo a su madre —«yo voy a cambiar»— y cuando la universitaria pregunta quién ha filmado antes con una de esas, él es el primero en levantar la mano y, con cierta vergüenza, empieza a contar su historia.

*La serie “Historias adolescentes” se basa en el trabajo realizado durante una década por el proyecto Escaramujo, que desarrollan jóvenes universitarios, con adolescentes de las Escuelas de Formación Integral (EFI). Este artículo fue publicado el 23 de septiembre de 2019 en la revista Somos Jóvenes.

Conductas desajustadas*

Por Rodolfo Romero Reyes

Recorre la 5ta. avenida en el Barrio de Santa Fe. Camina solo, despacio; observa de reojo las pequeñas construcciones que se levantan a ambos lados de la acera. Dobla en una esquina, luego dobla en otra y continúa mirando hacia las casas, hacia los techos de las casas. Finalmente encuentra el lugar perfecto. Un muro facilita el ascenso a la azotea ajena.

Las piernas lampiñas se deslizan sigilosas y se detienen frente a la jaula. Danilo examina las criaturas en busca de las más lindas, las de colores más brillantes. Tienen que estar gordas, con el buche abultado y llamativo; pero es difícil ver con tanta oscuridad. Finalmente selecciona dos y las agarra, sin reparar mucho en los anillos de sus patas. Hay otra que está muy bonita, pero no le caben tres en las manos. Está contento, ha escogido las palomas que más le gustan.

Baja, ayudado por el muro, para perderse rápidamente en los callejones de la zona. Deja los animales en casa de su tío.

—Mami no puede saber que yo tengo estas palomas, tío, porque tú sabes la mano de golpes que me va a dar.

Finalmente se dirige a su casa. Entra en la habitación de madera. Sus tres hermanos están «pa’ la calle» y, por suerte, hoy puede acostarse solo en una de las tres camas. Mientras la madre prepara la comida, la escucha quejarse:

—¡Esos muchachos…! ¿Ahora en qué andarán metidos?

Han pasado algunos días desde que Danilo robó y vendió las palomas, pero sigue pensando en la otra buchona que dejó allí. Por eso habla con algunos de sus amigos y todos van a buscarla. Esta vez camina más seguro, sabe adónde dirigirse. Ya lo hizo el otro día y no pasó nada, así que ahora va a ser igual. Pero no lo es.

En el banco de madera de la estación policial espera a que llegue su mamá para que le comuniquen qué van a hacer con él, alguien le dijo que había cometido un robo con fuerza. Está nervioso, inquieto. De vez en cuando baja la cabeza y deja escapar algunas lágrimas. Tiene miedo de que lo metan en una prisión, aunque él siempre ha escuchado que a los niños los mandan a otro lugar, a escuelas de conducta, donde dan clases, igual que en las demás.

***

Andaba lejos de su barrio en compañía de otros muchachos. Decidió demostrarles que él era un valiente. Se perdió un instante del grupo y regresó con una cadena de oro en la mano. A unas cuadras de allí, una extranjera hacía la denuncia a la policía.

«Estoy aquí por arrebatar cosas, meterme en una tienda, no ir a la escuela. Me fajaba mucho también».

Durante la enseñanza primaria siempre tuvo un comportamiento pésimo y estuvo en una escuela de conducta. No conoció a su padre y la madre está presa, la abuela no interviene en nada, su tía es alcohólica y el tío no se ocupa. Es agresivo y según los especialistas tiene un retraso mental ligero.

Descuida mucho su apariencia personal. Le gustan los deportes y es bastante comunicativo. Habla de sus indisciplinas sociales como si fuesen hazañas de guerra. En la escuela le gusta chapear, limpiar, pero le da un poco de pena participar en los círculos de interés.

«Cuando salga de aquí quiero ir al puerto a trabajar con mi tío. Él siempre me dice que cuando sea grande puedo tener un trabajo como él. Cuando salga no voy a robar más ni a juntarme con gente que no sirve».

***

Yo era muy agresiva cuando entré a la Escuela de Formación Integral. Tenía 14 años. Allí agredí a una de mis maestras. Egresé con 16 y quería reincorporarme a la sociedad.

Finalmente me consiguieron un curso de Epidemiología, pero cuando fui a matricularme escogí otro, de Asistencia Educativa. En mayo terminé el primer año, son dos en total. Allí recibimos clases los lunes, miércoles y viernes y hacemos prácticas los martes y jueves; nuestra función es prácticamente la misma que la de los maestros, porque con la falta de profesores que hay, estamos haciendo su labor.

Tengo seis meses de embarazo y vivo en casa de mis suegros, con mi novio. Se repite la historia; mi mamá me tuvo a mí también con 17. No te voy a negar que hubo momentos en que quería quedarme en la calle sin hacer nada. En la EFI siempre te dicen que cuando sales eres una nueva persona, que vas a tener la posibilidad de reinsertarte sin problemas, pero lo cierto es que hay que corretear más que nadie.

Cuando dé a luz quiero matricular en el Curso de Superación Integral para estudiar Medicina, claro que también quiero graduarme como Asistente Educativa. Después quisiera especializarme como neuróloga; yo desde chiquita tuve problemas de epilepsia y fui atendida por muchos neurólogos. Me gusta ese trabajo y quisiera ayudar a otras personas, igual que hicieron conmigo. Sino, podría ser pediatra, pues también me gusta mucho trabajar con niños.

Por suerte tuve el apoyo de mi nueva familia, en especial mis suegros. Ellos me dieron mucha fuerza y me acompañaron en todos los trámites. Tuve la suerte de incorporarme a una familia que me ayudara, no a una que me destruyera o me impulsara a seguir en la vida que yo llevaba. Lo mejor que me pasó fue irme de mi casa.

* La serie “Historias adolescentes” se basa en el trabajo realizado durante una década por el proyecto Escaramujo, que desarrollan jóvenes universitarios, con adolescentes de las Escuelas de Formación Integral (EFI). Este artículo fue publicado el 23 de septiembre de 2019 en la revista Somos Jóvenes.

Tocayos*

Por Rodolfo Romero Reyes

Los dos hablan con similar entonación. El primero es alto, delgado, muy blanco, pelo negro; pronto cumplirá 16 años. El segundo, corpulento, mulato, de hablar pausado, lleva tres de sus 40 años de edad como profesor en la Escuela de Formación Integral (EFI).

“Entré a la escuela por lesiones graves, le di dos puñaladas a un chamaco. No me arrepiento, porque el hombre no se arrepiente de lo que hace. Llevo aquí casi dos años porque un día me fajé con los profesores y rompí unos cristales. Desde que llegué hice que todos me respetaran. Entrando le metí una silla en la cabeza a otro menor, al que le tuvieron que poner cinco puntos mariposa. Se estaba haciendo el loco conmigo y a mí nadie me mete el pie. Yo a ningún hombre le aguanto ninguna zoquetá”, me dice como quien cuenta una hazaña, con la entonación típica de los guapos del barrio.

“En Cuba los menores de 16 años están despenalizados por la ley. Por eso, si cometen un hecho tipificado como delito, en vez de ir a una prisión, se toma la decisión — después del análisis multidisciplinar que realiza el Centro de Evaluación Atención y Orientación al Menor (CEAOM) y ser avalado por el Consejo de Atención a Menores (CAM) — de que el menor de edad, adolescente en este caso, ingrese a una EFI, en donde acontece la mayor parte del trabajo educativo de los oficiales de la Dirección de Menores y los profesores de la escuela”, explica el profesor.

“En mi barrio, las cosas tienen una rutina distinta. Para robarse una chica hay que tener un nombre, hay que llegar a un bonche y meter una galleta, porque a las jevas les gusta todo eso. Allí no es amor, no es ‘mami, tú me gustas’ — bueno, en las relaciones íntimas sí les gustan que les digan cosas bonitas — . Llegas y le dice: ‘Oye, chica, ¿qué tú haces? Hace falta que te vayas conmigo’. Y si su novio viene, tú, pam, le metes una galleta y no pasa nada. La muchacha se va contigo, muy conforme, porque tú la luchaste, ve”, me cuenta de su rutina.

“Entre las causas más comunes de ingreso a esta institución educativa se encuentran el robo con violencia, lesiones, prostitución, robo con fuerza, conductas de fuga, trasnochar, establecer relaciones con personas vinculadas a alguna actividad delictiva, consumo de drogas, hurto. En menor medida se encuentran la tenencia de arma blanca, homicidio, violaciones, amenaza y hechos vandálicos”, continúa el maestro.

“Cuando a mi mamá le dijeron que yo venía para acá se sintió muy triste. Mi papá no tanto, tiene el mismo carácter que yo, es una gente sana y no es noble. No diría que es problemático, él lo que no tiene es miedo, si hay que fajarse se faja. Es muy impulsivo. Mi papá cayó preso cuando tenía 25 años, porque tiene un muerto, ve. Cumplió y ahora está en la calle. Mira tú en el lugar que caí por querer seguir sus pasos.

“Dicen que el que imita fracasa, yo no quise imitarlo, pero debe ser algo que se lleva en la sangre. La verdad es que lo admiro, él ha dado puñalá, ha sabido ganarse un nombre. Yo desde que tenía cinco años iba a visitarlo a la prisión. Mi familia es una familia buena, mi mamá es de oro, mi papá también. Me quieren, me ayudan, me apoyan en todo”, habla como si su ambición más urgente sea que yo lo entienda.

“La mayoría de estos adolescentes provienen de medios sociales muy deteriorados. Pertenecen a familias disfuncionales, con padres y madres ausentes. Algunos están presos, otros son alcohólicos; muchas veces son los abuelos quienes se ocupan de la crianza. El trabajo educativo es tan difícil, pues una vez que egresan, retornan a ese medio que no ha cambiado; y que influye negativamente en su conducta”, reflexiona alguien que año tras año ve avances y retrocesos en el comportamiento social de sus alumnos.

Rememorando ese mundo presidiario que evidentemente ha heredado de su padre — y que quizás, a su corta edad, no es consciente de cuánto lo ha marcado — , me dice que quiere que lo grabe recitando un poema que se sabe de memoria. Lo dice con estilo, hasta con orgullo: “Cuando llegue mi libertad / saldré corriendo a buscarla, / nunca he dejado de amarla, / esa es mi única verdad. / Ella sola y mi mamá / siempre estuvieron conmigo / cuando tuve aquel castigo / en plena felicidad. / Pide el ciego claridad, / el enamorado un beso / pero aquel que ahora está preso / solo pide libertad. / Entonces a ella le pido / con todo mi corazón / que si no existe razón / nunca me eche al olvido. / En la palma de mi mano / yo quisiera retratarla / para cuando no esté cerca / abrir la mano y besarla. / Y el día que ella esté sola / si su corazón lo prefiere / recuerde que en esta prisión / está el hombre que más la quiere».

“La permanencia en esta institución tiene un carácter transitorio, en dependencia de la superación, variabilidad o evolución de su comportamiento y de las condiciones que originaron su ingreso aquí. Intentamos, con nuestro trabajo, cortar ese camino que, aunque empezó en una escuela de conducta, no tiene que terminar en una prisión”, concluye el profesor.

 

Al final de las entrevistas, pregunté sus nombres:

— Rubén Hernández Urquiola, pero me dicen Tito.

— Primer Teniente Rubén Camejo, para servirle.

* La serie “Historias adolescentes” se basa en el trabajo realizado durante una década por el proyecto Escaramujo, que desarrollan jóvenes universitarios, con adolescentes de las Escuelas de Formación Integral (EFI). Este artículo fue publicado el 23 de septiembre de 2019 en la revista Somos Jóvenes.