Por Rubén Padrón Garriga 
Mailén Durán Herrera, o May DurHer como prefiere que la llamen, es una de las miembros más antiguas y comprometidas del Proyecto Escaramujo. Profesora de Comunicación Audiovisual en la Universidad de La Habana, descubrió la Educación Popular (EP) cuando era estudiante y desde entonces ha defendido sus esencias y luchado porque se mantengan incorruptas. No está enamorada ciegamente de Paulo Freire y sus propuestas, pero intenta a diario aplicar varias de sus enseñanzas para convertirse en una mejor educadora y persona.
Cuéntame cómo fueron tus inicios en Escaramujo. ¿Cómo integraste el proyecto? ¿Qué te motivó a empezar?
Mis inicios en Escaramujo quedan un poco en la nebulosa. Creo que empecé cuando el proyecto todavía era un piquete de amigos que se juntaron para hacer algo en favor de personas por las cuales se hacía muy poco. En ese momento yo estaba acompañando otra experiencia que utilizaba la metodología de la EP: la coordinación del grupo focal de la tesis de licenciatura de Yohana Lezcano, encaminada a estudiar el empoderamiento ciudadano en la Web desde el contexto cubano. Era una metodología novedosa frente a aquella que se recibía y se imparte aún en las aulas; ahí constaté su utilidad práctica, y eso me motivó a adentrarme en otras propuestas que también la tuvieran de base.
Por otro lado, está la esencia particular del proyecto. Hay mucha mitificación en cuanto a las escuelas de conducta cubanas, en parte por el silencio en torno a ellas. No es común que te hablen de lo que allí ocurre, y por eso a veces en los imaginarios sociales se les conoce como cárceles de menores. Ver el primer video de Escaramujo, resultado de la tesis de Rodolfo Romero, removió mis estereotipos en cuanto a esas escuelas y a los “adolescentes conductuales”. El campo de actuación se salía de los marcos de los niños, ancianos y adolescentes del barrio, para llegar a un nicho de población bastante oculto y silenciado.
Por último ―no te voy a mentir―, si aparte de hacer todo eso, podía ir conociendo Cuba poco a poco, se volvía más tentador.
¿Cómo definirías la EP?
Más que una metodología de trabajo, se ha convertido en una filosofía de vida. No es practicar técnicas por practicarlas, ni escuchar a todos para después dejarlo escrito en la relatoría y hacer lo que te resulte mejor, ni leer, estudiar, escribir o formar parte de un taller por el mero hecho de hacerlo y ponerle el nombre de educación popular. Es entender y aceptar los criterios del otro y los contextos que requieren EP. ¿Puede aplicarse en todos los contextos? Mi opinión personal es que no. Eso no quiere decir que en el seno del MININT, el PCC y las universidades cubanas no se pueda hacer, o en otras instituciones, organismos u organizaciones. No es el lugar o la organización quien determina si se puede o no practicar la EP: son los contextos situacionales y las personas. Por eso tiene que trascender de metodología de trabajo a estilos de vida, en los que hagas valer sus principios y valores propios, como participación, flexibilidad, trabajo en equipo, entre otros. Así también evitas incoherencias, pues la EP se desacredita bastante con quienes en los espacios formales dicen ser muy participativos, y en los informales no lo cumplen.
Principales fortalezas y limitaciones de la EP…
Fortalezas, bastantes. Parto de una que para mí es primordial: seguir la lógica práctica-teoría-práctica enriquecida, contextualiza mucho el problema que se esté tratando y lleva a encontrar la mejor solución. La construcción colectiva evita caer en percepciones sesgadas por tu individualidad. No pretende una formación clasista, a la cual solo lleguen intelectuales, profesionales y académicos. Hay otra parte que es de desarrollo personal: adentrarte en la metodología de la EP lleva también aceptar ser más flexible y tolerante, pensar no solo desde tu propia subjetividad, sino en conjunto. La EP enriquece al ser humano en sus relaciones con los demás. Tolerancia y aceptación al criterio ajeno ha sido la gran enseñanza que me ha dejado.
La principal limitación que veo es pretender resolverlo todo con EP, pues, recalco, hay contextos en los cuales no es la más propicia. Hay otras: muchas veces quienes la trabajan no se toman con total seriedad la metodología o no han sabido reinterpretarla; un sistema evaluativo deficiente y pocas experiencias concretas fuera de los proyectos comunitarios.
¿Cómo fue tu primera experiencia en una Escuela de Formación Integral (EFI)?
Camagüey 2012 fue una experiencia controvertida y maravillosa… Compartir con los muchachos fue genial, llevarles otra imagen de la sociedad, llegar a un proceso de reflexión grupal con ellos acerca de sus vidas, ver cómo en poco tiempo confiaban en ti, cómo tenían interés en conocer y practicar lo audiovisual y sus ansias de contar su historia. Por otro lado, muchas cosas te desmentían la imagen de asesino en serie que te habías creado y el poco de miedo que tenías de estar allí. Aquellos, en específico, eran niños muy románticos, hembras y varones; cada uno tenía su libreta de versos, y cuando alguien traía un poema nuevo, lo copiaban. Compartíamos con ellos desde el lugar de comer (lo hacen en un espacio distinto a los oficiales, profesores y reeducadores) y las limpiezas, hasta el matutino.
Con los oficiales no fue tan buena experiencia. Comenzaron muy pro Escaramujo, nos atendían muy solícitamente, pero con el paso de los días parecía que empezábamos a estorbar o no entendían bien lo que íbamos a hacer allí. Terminamos con una relación bastante tirante y tensa.
¿Cómo cambió tu idea de lo que podía ser una EFI o un adolescente con problemas de conducta después de tu primera experiencia en Escaramujo?
Fue un cambio radical: de una cárcel de menores, reformatorio o escuela de conducta, a Escuela de Formación Integral. Desde entonces empiezas a ver el trabajo de esos centros como una guía orientadora en la vida de los muchachos y no como un lugar de castigo o de represión. La palabra reeducación tal vez no sea la más adecuada para lo que se hace, me gusta representarlo más como educación en concreto, ya que muchas veces estos muchachos no disponen de la educación ideal, no la que se obtiene en la escuela, sino la que se recibe en la casa, en la familia, el barrio y la sociedad.
En cuanto a los adolescentes, pasan de “criminales a priori” a muchachos con historias de vida que los marcan. Empiezas a entender la espiral de la violencia. Muchos de ellos son violentos porque en su vida han sido violentados. Te das cuenta de que son personas de corta edad que no han tenido las condiciones ideales para su crecimiento y desarrollo desde el punto de vista económico, social, familiar y hasta educacional.
¿Qué ha transformado Escaramujo de May y qué ha transformado May de Escaramujo? 
Sobre todo, los prejuicios en torno a los adolescentes de las escuelas de conducta. Aprendes que estar ahí no significa que sean malos, negativos e inadaptados sociales, sino que responden a historias de vida, como la mía me llevó a ser universitaria y profesora. Escaramujo, para quien lo conozca, ha derribado la muralla de “estás aquí porque hiciste algo mal hecho y esta es la manera que tiene la sociedad para castigarte”. Te percatas de que, sí, están ahí por algo mal hecho, pero el objetivo no es castigarlos o reprenderlos, sino orientarlos. Más allá de que la palabrita orientar suene a discurso pedagógico, no debemos perder de vista que en las historias de vida de esos muchachos es común denominador la falta de guía y orientación familiar, escolar y social.
Creo que lo principal que transforma este proyecto en una persona es su percepción sobre la comisión de delitos, pues te comienzas a preguntar, primero, ¿qué llevó a los muchachos a esta situación?, ¿cuáles son sus historias?, y después, ¿qué hubiese hecho yo en su lugar?
¿Qué ha transformado May de Escaramujo? Nada. Soy de la antigua escuela, de las que se apasionó con el proyecto por como lo conocí y a la que le cuesta aceptar sus nuevas aristas.
¿Cómo has aplicado en tu vida personal y profesional las experiencias adquiridas en Escaramujo?
Hay aspectos prácticos; por ejemplo, una vez aprendidas las técnicas audiovisuales, les puedes sacar provecho, y como profesora de comunicación audiovisual, traes una práctica distinta a la institucional. Pero también están los valores aprehendidos. Como educadora popular, vas “a priori” con la idea de que, aunque seas la profesora, tu verdad y tus conocimientos no son absolutos y los estudiantes pueden aportar y, de hecho, aportan. Asimismo, entiendes que cuando construyen su conocimiento y arriban a sus conclusiones, orientados por ti, es más probable que suceda un proceso de apropiación personal mayor que si impartes una conferencia.
En lo personal, he ganado en tolerancia, flexibilidad, participación, en querer conocer la historia de vida y las condiciones antes de hacerme un juicio.
¿Qué les recomiendas a los nuevos miembros de Escaramujo que se adentrarán pronto en una experiencia con las EFI?
Que dejen todos sus prejuicios en la puerta, que recuerden que no van a hacer un proyecto audiovisual o artístico, aunque esa sea la consigna explícita; van a reflexionar con adolescentes que han vivido experiencias distintas a las de la mayoría de sus coetáneos y no necesitan un discurso oficialista, ni un proyecto que los enseñe a usar una cámara, cuáles son los planos, ángulos y movimientos, o la estructura aristotélica en dramaturgia. Se trata de muchachos que necesitan saberse escuchados más allá de los psicólogos y psicoterapeutas del MININT, que precisan conocer otras experiencias de vida, las que nosotros podamos aportarle, y ver que las suyas no son las únicas posibles. Son, sobre todo, personas que necesitan saberse protagonistas de sus propias historias, y que requiere mucho esfuerzo cambiarlas. En mi opinión, esa es la principal tarea de Escaramujo en la EFI, y es lo que nos hace único frente a otros proyectos de corte similar.
¿En qué no quisieras que se convirtiera nunca Escaramujo?
No quisiera que se volviera una carga para los escaramujenses. No quisiera que alardeara de su labor y victorias pasadas, y que en un futuro no haga nada o muy poco. No quisiera que lo encabezara un grupo cerrado de personas que no pongan su máximo empeño en los procesos de trabajo, pero se beneficien de este, aunque no sea monetariamente. No quisiera que perdiera su esencia, su primera inspiración, que fue dedicarse a esa minoría de adolescentes menos favorecidos por los programas e iniciativas comunitarias que se desarrollan en el país. No quisiera verlo transformado en un proyecto más del montón.