El CALENDARIO no se detiene

Por: Lizabet García Romero

La teleserie Calendario, despertó los televisores de la población cubana y los enamoró con sus conflictos, donde, por supuesto, se pueden apreciar las conductas desajustadas en los adolescentes

Las familias se reunían todos los domingos; ¡Ya va a empezar Calendario!, se escuchaba en diversas casas de la cuadra. La música identificativa de la serie resonaba como un himno al unísono en todos los hogares.

Las temáticas abordadas en el programa televisivo, eran eco de cada uno de esos televidentes. Una de las mayores polémicas se desató en referencia a las conductas desajustadas que manifestaban algunos de los personajes principales.

Sobre esa problemática, nos comentan Magda González Grau, directora de Calendario y Dely Fernández Cuello en los siguientes podcasts:

Antes de Calendario, existieron otras teleseries que se inmiscuían en dinámicas complejas, desarrollando personajes desajustados con comportamientos desencajados que visibilizaron situaciones de vulnerabilidad de muchos jóvenes cubanos.

Sin dudas, Calendario ha sido una de las que más ha impactado pues, aunque las anteriores mencionadas en la infografía han sido retransmitidas, esta nueva serie trajo pinceladas frescas de las problemáticas más modernas que nos acosan en la realidad.

Orestes

El caso de Orestes, personaje interpretado por el actor Ernesto Codner Arteaga, representa la vida de un adolescente que proviene de un entorno difícil y a su corta edad ya tiene que poner por delante de los estudios, el trabajo, para ayudar a sustentar su casa.

Codner, nos hace un recorrido completo por el personaje, para mostrarnos los detalles de su vida, sus características y más…

La difícil situación que atraviesa Orestes, es la de muchos jóvenes cubanos que viven en condiciones vulnerables y se ven obligados a limitar su tiempo de estudio con otras labores.

Finalmente, en esos casos, los jóvenes como Orestes, tienden a declinarse por un futuro laboral, para encontrar la forma más rápida de adquirir dinero. Se alejan de las perspectivas de superación que, a lo largo de su vida, les será mucho más útiles para tener una mayor preparación y, por tanto, un mayor poder adquisitivo. La familia juega un rol fundamental en estas decisiones.

Cecilia

Cecilia, es la madre de Orestes, quien a pesar de quererlo mucho, se encuentra en una situación económica compleja y la solución más inmediata para ella es la rápida incorporación del muchacho al entorno laboral, pues según Cecilia, “se hace lo que se puede y no lo que se quiere”.

“Cecilia es una mujer de 32 años, una madre joven. Proviene de una familia que ha pasado mucho trabajo y aprendió que hay que luchar para vivir y es lo que le quiere transmitir a su hijo. Lo que sabe lo ha aprendido con los golpes de la vida y son las herramientas que tiene para sacar a su familia adelante”, comenta Odelmys Torres, la actriz que la interpreta.

A pesar de tener una relación compleja con Orestes y una conducta abrupta, que se la ha transmitido, se hace evidente el cariño que siente por su hijo y, dentro de sus desesperadas decisiones y acciones impulsivas, busca alcanzar la aceptación y el afecto del muchacho.

Amalia

La antes mencionada por Orestes, Amalia, es su profesora, quien ha puesto todo su empeño en ayudar al adolescente, aunque eso haya representado problemas con Cecilia. Como con Orestes, se convirtió en guía e inspiración de muchos alumnos, pero ellos desconocían su pasado.

“Esa Amalia joven, es la estudiante o el estudiante rebelde que hay en cada aula. Quien le lleva la contraria a la maestra, quien se hace la que no quiere cumplir pero es la misma que en el fondo tiene buen corazón y que se comporta así por una serie de sucesos que le ha tocado transitar en su vida y que tal vez los que la juzgan desconocen”, mencionó Jennifer de Armas, la actriz que interpretó a la Amalia joven.

La persona que salvó el futuro de Amalia, fue su profesora Marta, quien aun con el paso de los años, permanece firme a su lado, ofreciéndole su más sincero amor. Amalia, decidió seguir su ejemplo y convertirse en profesora para ayudar y enseñar a otros muchachos, tal como Marta hizo con ella.

Este personaje hizo recordar a todos los televidentes que tuvieron una Amalia en sus vidas, o que actualmente la tienen, despertó el deseo de muchos profesores de perfeccionar su trabajo y llegar más hasta el corazón de sus estudiantes.

Huellas en el CALENDARIO

Cada personaje aportó su granito para que la serie fuera una explosión de aprendizajes y experiencias válidas para todas las generaciones, sobre todo para los adolescentes. La perfección con la que se llevó a cabo, tanto detrás de cámaras, como en las interpretaciones, logró apelar a los sentimientos de todos los que vieron como corría el Calendario.

La evolución de los personajes y el hermoso vínculo que se construyó entre ellos, permitieron atrapar la atención de la audiencia y hacer un recorrido por cada una de las problemáticas que se presentan.

Todos los televidentes esperan ansiosos la segunda temporada de la serie, donde descubrirán el curso de la vida de la mayoría de los personajes y conocerán nuevos que se incorporan para añadirle más emoción a la serie. Si la primera fue excelente, esta que pronto tendremos en pantalla seguramente la supera y logra robarse otro pedacito de nuestro tiempo y corazón.

¿Te gustaría ver un fragmento de cómo fue el proceso de grabación?

¿Adolescentes «conductuales» en la pantalla?

Por Lizabet García Romero

Cuando encendemos la TV, en muchas ocasiones, descubrimos personajes como Chala (Conducta) u Orestes (Calendario), que nos muestran la dura realidad que acontece en la cotidianidad de algunos adolescentes cubanos. El reflejo en pantalla de las situaciones de vulnerabilidad, ha demostrado el arduo trabajo tanto actoral, como detrás de cámaras.

El reconocido guionista Amilcar Salatti, nos comenta sobre el tratamiento de esta temática.

Abordar la temática juvenil siempre es necesario, yo diría que imprescindible. No tengo memoria exacta de todo lo que se ha hecho en la última década desde el punto de vista audiovisual, pero sí recuerdo telefilmes y series que lo han hecho con la profundidad que amerita esa temática: desde Mucho Ruido, pasando por Zoológico, hasta llegar a Calendario.

No creo que la temática se agote, los jóvenes de hoy no son los de hace 10 años. Quizás tengan problemas parecidos, pero la forma de enfrentarlos no es la misma porque las circunstancias no son iguales ni a nivel de país, ni de planeta, ni de tecnología, ni de valores; así que por supuesto q siempre se puede retornar a hablar de los adolescentes y jóvenes.


Desde el punto de vista creativo, ¿existe alguna fórmula a la hora de construir personajes adolescentes con conductas desajustadas, sin caer en estereotipos, pero que sean creíbles?
A mí no me gusta hablar de fórmulas a la hora de crear las historias, menos los personajes. Creo que hay que encontrar los recursos para la construcción de tus protagonistas en la vida real, mezclado con una investigación seria. El resto lo pone la creatividad de cada autor para darle vida a cada personaje y ese proceso termina con un casting preciso. Un personaje que cale y que sea creíble parte del guionista, pero termina de encarnar a partir de decisiones del director.


¿Cuáles son los aprendizajes que transmiten los audiovisuales a través de personajes como Orestes o Amalia?
Uno casi siempre «quiere decir» algo con lo que escribe. Los aprendizajes que transmiten las historias a través de sus personajes dependerá de la experiencia de vida de cada persona que vea un audiovisual. Para algunos, Amalia será una utopía inalcanzable y pasarán de ella, para otros será la poesía y la entrega necesaria para poder lidiar con unos tiempos duros y demasiados superficiales para mí gusto (47 años mediante). Lo mismo ocurrirá con Orestes, que entenderá que muchas veces detrás de actitudes marginales, hay buenos corazones, un diamante en bruto necesitado de que alguien lo pula; para otros Orestes le será indiferente.

De los diferentes programas audiovisuales en los que ha trabajado (que han abordado esta temática), ¿cuál considera que lo ha hecho de la forma más completa?
Varios, y lo han logrado porque se han conjugado todas las especialidades: guion, dirección, actuación, arte… Y terminan siendo los que cuya factura potencian un buen guion y agarran ese plus que te sorprende y el reflejo de eso, es la emoción en el televidente. Si tuviera que mencionarte alguno, me quedaría con Sacrificio, dirigido por Yoel Infante, y Calendario, con Magda González a la cabeza.


Los productos audiovisuales son un buen amparo para el entendimiento de estos temas, más aún si están bien concebidos, con la calidad y el sentimiento que amerita, como dijo Amilcar: «El audiovisual no da fórmulas, lo que intente lograr debe hacerlo desde la emoción, lo q no emociona no trasmite y por tanto, no cala y no llega eso que uno quiere decir».

En Cuba no hay un solo Chala

Por Lizabet García Romero

– Ningún alumno mío ha ido nunca a una escuela de conducta

– Pero eso no lo decide usted, Carmela.

– El día que yo no decida lo que pasa en mi clase… hasta ese día soy maestra

***

La película Conducta llegó a los cines cubanos en el año 2014 para revolucionar las expectativas de los públicos de todas las edades. Dirigida por Ernesto Daranas, conocido por filmes como Los dioses rotos (2008) y Sergio y Serguei (2017), ambas con más de 15 reconocimientos y nominaciones en diversos festivales.

Cuenta la historia de un niño de 11 años, llamado Chala, quien, pese a su corta edad, es el responsable de la mantención de su hogar. Los negocios en los que se desenvuelve son las peleas de perros, también la cría de palomas. La madre de Chala, permanece en una nebulosa de vicios entre el alcohol y las drogas; el compendio de todos los elementos que integran su entorno, han formado un niño que tiene como característica distintiva la violencia.

En la escuela manifiesta una conducta desajustada, pero ahí está su maestra Carmela para intentar manejar ese carácter feroz. Con cariño y disciplina, intenta comprender a Chala y transmitirle buenos valores, aunque ella en el fondo sabe que a pesar de las desavenencias que ha tenido el muchacho en su vida, es de buen corazón.

«Todos los años tengo un Chala en el aula. Ninguno pudo más que yo, porque en el fondo, todos son muchachos. Hay cuatro cosas que hacen a un niño: la casa, la escuela, el rigor y el afecto. Pero cuando cruzan esa puerta, está la calle. Y un maestro necesita saber lo que les espera allá afuera. Antes para mí la vida era más clara, y yo sabía para lo que preparaba a un alumno… pero ahora, lo único que tengo claro, es para lo que no debo prepararlo».
Cuando la maestra Carmela enferma, y Chala es trasladado a una escuela de conducta, se desatan nuevos conflictos. Asimismo, la relación de los personajes se fortalece y continúan el camino juntos frente a las adversidades que les depara el escenario escolar.
El filme, de 108 minutos, contó con excelentes actuaciones. Chala, fue interpretado con excelencia por Armando Valdés Freire, quien a pesar de debutar en el cine mereció un gran reconocimiento por su trabajo, obteniendo un premio a mejor actor masculino en el Festival Internacional de Cine de Brasilia.
Le dio vida a Carmela, la distinguida actriz Alina Rodríguez, donde se destacó con sus perfectas habilidades actorales y logró causar un impacto muy positivo en el sistema educacional cubano, mostrando las herramientas para ser una educadora de verdad.
Conducta obtuvo aproximadamente 31 premios y menciones donde fue resaltada tanto la labor actoral como detrás de cámara. Los festivales más importantes en los que robó algunas categorías fueron: el de Málaga, Giffoni, Bogotá y Huelva. Destacó en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano y gozó de diversas nominaciones a los premios Platino y Goya.
Tuvo una repercusión inmediata y altamente positiva tanto en la crítica como en el público que la disfrutó; algunos se sintieron identificados con los personajes, otros abrazaron el recuerdo de personas semejantes o simplemente se deleitaron con la magnífica recreación de la realidad que propone el drama.

Ya sé que no es un santo, pero también sé que es un niño con valores y con sentimientos que no le enseñaron en su casa… La escuela de conducta sería otra marca en su vida, nos guste o no eso lo margina.

En el camino de las drogas…

Por Lizabet García Romero

Una seño golpeada, señalaba hacia la cerca del hogar, Pedro había brincado nuevamente. Su conducta en el hogar era deplorable, pero los intentos de fuga se convirtieron en una constante, generalmente exitosa. No lo hacía para visitar a su familia, aunque en esta ocasión decidió entrar en casa.

Al colarse en la cocina, se armó con un cuchillo y en una aparición violenta y fugaz, se abalanzó sobre su abuela para iniciar la amenaza. Quería dinero, lo necesitaba para consumir drogas. Las malas compañías y el exceso desmedido de psicofármacos, lo empujaron a enfrentarse a la única persona que le quedaba en el mundo, pues su madre había fallecido.

Conseguido el propósito, continuó su camino hacia la casa de su “amigo”, ese “colega del barrio” que lo había insertado en la venta ilícita y el consumo. Siempre regresaba al mismo sitio, se negaba a salir de ese ambiente. “El negocio es el negocio”.

Esa fue la última de sus visitas a esa comunidad, al menos por un buen tiempo. El hogar, en la aplicación de su mecanismo de acción, tomó partido y denunció su escape a la policía. Las autoridades lo ubicaron rápidamente.Teniendo en cuenta las reincidencias, los antecedentes, la pésima conducta que mantenía en el hogar, calificada por muchos como insostenible: fue remitido para la Escuela de Formación Integral.

Los agravantes lo guiaron directamente al centro, donde las fugas quedaban suprimidas y las drogas no eran negocio, porque no existían. El consumo también se acabó, el mal se arrancó de raíz; y la soledad se hacía cada vez más grande con la ausencia de los pocos que aún se brindaban para garantizarle una dosis de cariño. Él mismo se encargó de expulsarlos de su vida, hasta quedarse con lo que en ese momento tenía, absolutamente nada.

Una sociedad mejor para todos, sin excepciones

Por Lizabet García Romero

Despierta temprano para visitar la misma cuadra del día anterior. El caso que le tocó atender se torna complicado porque el adolescente nunca está en casa. Incansable, regresa en la tarde para ver si corre con mejor suerte y puede concluir su día con una charla familiar enriquecedora para el muchacho y sus responsables.
Son 17 años de experiencia y aproximadamente 20 casos de adolescentes y jóvenes con trastornos conductuales, los que visten a Lisandra Vera Lescay, trabajadora social, especialista del Consejo Popular Tamarindo, en el municipio Diez de Octubre.
“El rango de edad más frecuente en el que los muchachos presentan conductas desajustadas es de 14 a 20 años. Generalmente cometen mayor número de incidencias los varones. Les realizo un seguimiento y los presento en la Comisión de Prevención para valorar la situación en que se encuentran y la gravedad de sus acciones”.

Los trabajadores sociales son protagonistas en las intervenciones y manejos de situaciones que vinculan a las familias y cada uno de sus miembros con la sociedad. Invocan la extensión especial de humanismo que llevan dentro para convertirse en mediadores y creadores de políticas sociales adecuadas, aunque en ocasiones, el camino está lleno de obstáculos.
“Siempre son familias disfuncionales: padres alcohólicos, drogadictos o discapacitados física o mentalmente. Los adolescentes adoptan esas mismas posturas: se convierten en fumadores, consumidores de drogas y alcohol, abandonan los estudios y cometen hechos delictivos. El rol del trabajador social ante esta situación es directamente con el menor, en las problemáticas del hogar que lo conlleva a manifestarse así y tratar de guiarlo a mejorar su comportamiento”.
La integración social es otro camino que dirige esta profesión: el desarrollo social y la elevación de la calidad de vida de todas las personas que conforman el núcleo familiar, para garantizar el bienestar individual y colectivo dentro de la comunidad, la escuela u otras instituciones.

“Casi siempre los muchachos tienen buenos sentimientos; reinciden porque el entorno familiar no los favorece o son discriminados. Me enorgullece mucho cuando veo que regresan a sus estudios, cambian su manera de pensar y se vinculan por completo a la escuela y sociedad. Al reinsertarse, casi siempre son bien recibidos y aceptados, y reciben ayuda de sus compañeros para incorporarse a la vida cotidiana”.

Luego de sacrificio, persistencia y mucha empatía, los logros son visibles y el crecimiento de la humanidad dibuja de esperanza la vida de esos que creían su futuro perdido; es algo que motiva a personas como Lisandra, para que sigan poniendo su granito de arena en la construcción de una sociedad mejor para todos, sin excepciones.

«Y tener esa paciencia que los padres no tienen»

Por Lizabet García Romero

Después de una larga caminata, entré al Centro Mixto Ramón López Peña. Una amiga me dijo que allí estaría la profesora Martha Lorenzo Pérez. La encontré en un aula, jugando con uno de sus alumnos. Le comenté mi intención de entrevistarla sobre su etapa en la Escuela especial para niños con trastornos en la conducta Categoría II «Solidaridad» con Namibia y su respuesta fue una sonrisa, acompañada de una mirada sumida en la nostalgia.
«El trabajo mío consistía en organizar el proceso docente educativo. Como jefa de grado también cumplía una décima, trabajaba la historia y la cívica en 9no. Siempre estaba intercambiando con los muchachos; un jefe de grado tiene que hacer comprobaciones y visitar clases».
Jamás había trabajado con adolescentes con trastornos de conducta, esa fue su primera experiencia, la que catalogó como: bella, pues de los 44 años que lleva ejerciendo su profesión, 17 fueron en esa especialidad.

«En la escuela especial de conducta, no todo el mundo quiere trabajar, porque los niños te faltan mucho el respeto, algo que, con el tiempo, van cambiando. Muchas veces trataban de fajarse, entonces los especialistas interveníamos y trabajábamos en el correctivo compensatorio: ellos corregían el error y nosotros los compensábamos para que lograran concientizar lo que habían hecho. Se les daba psicoterapia. Con esos muchachos hay que hablar mucho y tener esa paciencia que los padres no tienen. Están así generalmente por su culpa».
Aunque reciben los mismos contenidos que en el resto de las escuelas, el proceso docente se tornaba un poco más complejo que en la enseñanza regular.
«Tienes un grupo donde existen diferentes tipos de estudiantes. Cuando ellos deambulan y se incorporan, han pasado meses sin pisar la escuela, entonces hay que hacer ajustes curriculares y trabajar esas diferencias individuales para lograr que poco a poco se vayan integrando al grupo. Con esos muchachos las clases tienen que ser muy motivadoras y abordar temas de interés para ellos, es necesaria la utilización de todos los medios de enseñanza, pero, sobre todo, mucha comunicación. Necesitan que los escuches, que les brindes cariño y atención».
«Hoy por hoy, después de tanto tiempo, muchos se comunican conmigo, me van a ver, vienen a mi actual trabajo a visitarme, es realmente muy bonito. Ellos no me olvidan».
Mientras pronunciaba esta última frase, desbloqueó su teléfono y me mostró una serie de chats donde el amor, la sinceridad y la preocupación eran los principales protagonistas. Leyendo esos mensajes, sus ojos se cristalizaron. Con voz tenue me pidió que, por favor, no le preguntara más; eran demasiados recuerdos.
Cuando nos despedíamos, me comentó que en la planta alta podía encontrar a Noemí Taquechel Echevarría, quien había ocupado el cargo de subdirectora de internado en Namibia. Al comentarme la ocupación, supuse que debió lidiar con situaciones límites entre los muchachos, mi imaginario me trasladó a momentos extremos de violencia, incluso, pensé que ese seguramente era el motivo por el que ya no trabajaba allá. Nada más alejado de la realidad.

«Las guardias docentes eran tranquilas. Por las tardes los muchachos aprovechaban las áreas de juego, practicaban deportes y juegos de mesa. Cuando cometían incidencias, se conversaba con ellos. A veces yo les leía un libro sobre cómo convivir en los diferentes entornos para que tuvieran relaciones interpersonales buenas. Trataba de que se relacionaran como hermanos».

El ingreso de un nuevo estudiante en el centro, marca cambios tanto en la rutina del que entra, como en la de los que ya permanecen internos.

«Los nuevos al principio se fajaban, querían probar fuerza, pero nosotros hacíamos las charlas educativas. Se comenzaba a hablar con ellos, a visitar la escuela, las aulas, los albergues, para que conocieran el centro. Casi siempre coincidían muchachos que eran amigos y se adaptaban bien. Con los que ya permanecían en la escuela internos, también hacíamos charlas: viene un niño nuevo, hay que ayudarlo y cuidarlo…».

Cada palabra que salía de su boca, con voz tiritante, me hacía entender la dificultad que representaba para Noemí, conversar de ese momento de su vida.

«Son niños cariñosos, amables, tratables, en su mayoría, con muchos problemas familiares. Hay que comprenderlos», mencionó en repetidas ocasiones, y cada vez que hablaba de Namibia, se refería al centro como: mi escuelita linda.

«Lloré sin consuelo cuando salí de allí. Tuve que dejarla por motivos de salud. Cogí COVID-19 y una de las secuelas que me dejó fue el mal de Parkinson…».

En ese instante, el nudo que tenía en su garganta se hizo más grande, hasta impedirle decir una palabra más. Su rostro se descompuso, las lágrimas se escapaban y fue necesario finalizar la entrevista por el estado en que se encontraba. Poco quedó por preguntar luego de ver tanto sentimiento a flor de piel. Guardé mi agenda y grabadora en el bolso; junto a ellas eché también el asombro por hablar con dos profesoras que trabajaron en esa escuela de conducta, y que, en ninguna ocasión, manifestaran quejas o palabras negativas sobre los muchachos o su estancia en el centro. Solo cabían expresiones de cariño, añoranza y quizás alguna experiencia difícil que se escondió tras un suspiro.

Hogar, dulce hogar

Por Lizabet García Romero

Tres miradas tristes se buscaban entre sí. Los rostros perdidos de tres niños que ya sabían lo que pasaba: un episodio idéntico al anterior. Habían pasados apenas dos meses y ya su madre volvía a coquetear con el alcohol, las drogas…, regresaba al punto de partida de un ciclo que se repetía una y otra vez.
Las primeras veces, los niños fueron retenidos en hogares para niñas y niños sin amparo familiar, mientras la madre ingresaba en el centro y se desintoxicaba. Al reestablecerse, recuperaba a los pequeños hasta la próxima recaída.
Cuando llegaron al Hogar 240, del municipio La Lisa, los directivos decidieron hacer una investigación más exhaustiva y apelar a la fiscalía para que los pequeños quedaran permanentemente bajo la tutela del Estado. La madre presentaba un trastorno bipolar complejo, asociado a una esquizofrenia paranoide, además de que los niños eran constantes víctimas de maltrato físico y verbal por parte de su tía.

William

Él fue el primer niño del hogar en decirle “Mamá”. Tenía cinco años, pero el retraso lo hacía comportarse como si tuviera solo uno. No le gustaba entrar a la escuela, tampoco sabía hablar, ni caminar. A la directora anterior, le resultó una labor demasiado dura, sin embargo Bárbara Cintra Otero logró, poco a poco, con cariño y dedicación, que William cambiara.
«Todavía pienso en él. Lo veía como si fuera hijo mío. A medida que iba creciendo yo ponía todo mi empeño en enseñarlo y formarlo para la vida. Logré que no se quitara la ropa, que hablara, que caminara, que comiera, e incluso, vincularlo a la escuela», nos cuenta.
Las relaciones con los niños son muy estrechas, a pesar de que a veces los responsables en el Hogar intentan mantener cierta distancia, porque la permanencia de los niños puede ser transitoria y luego, por tanto apego, es dura la separación cuando regresan junto a sus padres. Muchos de ellos provienen de familias disfuncionales y presentan carencias afectivas, comenta Ketty María.

Darlyn

Las gotas de agua sobresalen de la piscina porque un cuerpecito delgado impactó en ella sin previo aviso. Entre risas y juegos Alejandro empujó a Darlyn. Se lanzó con ella para continuar con las lecciones de natación, actividad que practicaban siempre que eran recompensados por recoger los cuartos y limpiar las áreas y pasillos del Hogar para niños sin amparo familiar, donde pasaban la mayor parte del tiempo.

«El Hogar es como una casa, una familia muy grande donde hay diversidad de muchachos de diferentes edades; algunos conductuales, otros con retardo o retraso. Yo siempre les decía que eran hermanos, aunque no tuvieran la misma sangre, y convivían como tal», expresa Bárbara, quien ya acumula siete años de trabajo como subdirectora y directora de diferentes hogares.

Durante una excursión, en Cojímar, Darlyn se enfermó y Bárbara permaneció con ella en la enfermería la mayor parte del tiempo. El doctor que la atendió quedó cautivado y preguntó, interesado, cómo era la tramitación para poder adoptarla. Bárbara, absorta por esa interrupción, le explicó que su mamá tenía la patria potestad, y no le dio más detalles.

«Yo pasaba casi todo el tiempo con los demás niños en el Hogar, al salir de la escuela iba para allá hasta que mi mamá y yo regresábamos a la casa en la noche. Pasé ciclones con ellos, hacía las mismas cosas que ellos. Tenía una relación maravillosa con todos, yo era una más”, explica Darlyn.

La realidad era que Darlyn no podía ser adoptada porque, a pesar de que realizaba cada una de las tareas del hogar y convivía con los demás niños como parte de su rutina diaria, no vivía allí, era la hija de Bárbara.

Hermanas

Se miran en el espejo, se ayudan entre sí a ajustarse la ropa, para ofrecerle un servicio conjunto al próximo cliente: el borracho del barrio. Su madre se ha encargado de inculcarles que, para vivir, hay que trabajar, y los servicios sexuales son la especialidad de la casa. Al parecer también es una experta en administración y economía, pues no son las dos pequeñas las únicas ofertas, solo son las principales figuras de la compleja red de prostitución infantil que gestiona. ¿Las demás protagonistas? Amiguitas de sus hijas.

«Los muchachos que provienen de hogares disfuncionales y tienen trastornos de conducta, tienden a reproducir los patrones de comportamiento de sus padres. Generalmente las carencias afectivas y económicas son otro incentivo para que se manifiesten de manera incorrecta», mencionó Ketty.

Cuando los muchachos continúan manifestando una conducta desajustada, la agravan o cometen un hecho que la ley tipifica como delito, son evaluados por el Centro de Evaluación, Atención y Orientación a Menores (CEAOM) y posteriormente el Consejo de Atención a Menores (CAM) puede decidir su trasladado a una Escuela de Formación Integral (EFI), donde reciben atenciones especializadas, destinadas a corregir esas actitudes incorrectas.

Un niño travieso

Por Lizabet García Romero

Daniel baja las escaleras bajo la mirada supervisora de uno de sus educadores. Camina unos pasos hasta uno de los tres teléfonos públicos que habitan el largo pasillo de la Escuela de Formación Integral José Martí (EFI). Toma el auricular y después de marcar el número de la tarjeta propia, hace una pausa, pero no precisamente por ese leve retardo que le diagnosticaron los psicólogos del CEAOM; si ahora se muestra indeciso es que, probablemente, no tenga a quien llamar.
¿Su madre? Falleció antes que pudiera recordarla. ¿Su padre? Actitudes inapropiadas lo condujeron a la prisión. En casa de su abuela —en cuyos hombros recayó su crianza hasta que, por motivos ajenos a su voluntad, fue recibido en un hogar para niños sin amparo filial— no hay teléfono.
¿Hogar sin amparo filial? Sí, allí lo llevaron cuando ya cursaba la secundaria básica en la Escuela especial para niños con trastornos en la conducta (Categoría II) Solidaridad con Namibia, en la Lisa. Rebelde, agresivo, seguía con sus compañeros de aula aquella receta que cierto día su padre aconsejó: «Si quieres que te respeten, tienes que dar con palos…».

Durante 12 años Daniel había vivido en una familia disfuncional, rodeado de delincuencia, de desprecios. No obstante, para él su padre era lo más grande que tenía en su vida, lástima que el afecto no era recíproco.

Acostumbraba a fugarse del hogar, y en eso era muy hábil. Conocía al pie de la letra cada ruta de escape y cada parada de la red de guaguas de la capital. La última vez que se había ido violando todos los reglamentos había ido a parar a Lawton. La escuela rápidamente dio parte al Ministerio de Educación y a la Policía Nacional Revolucionaria. Cuando lo encontraron descubrieron el motivo. Su papá estaba de pase y Daniel hizo hasta lo imposible por llegar a él. Sin embargo, no recibió especiales atenciones por su «riesgo» y «sacrificio», todo lo contrario: indiferencia, y a lo sumo algún que otro «consejo».

Por eso ahora, la mujer que a varios kilómetros descuelga el teléfono no cabe en su sorpresa. Aunque hace tres años que no sabe nada de él, enseguida reconoce su voz. Ella, la antigua directora del hogar donde Daniel vivía, sabía que su conducta se había agravado y permanecía internado en la EFI. No imaginó que, ante la terrible soledad, él quisiera acercarse nuevamente, aunque fuera a través del teléfono, a esa persona, una de las pocas, que le extendió su mano sin importar los errores que había cometido.

Hablaron solo unos minutos. Él colgó el teléfono y se fue a dormir un poco más en calma. Ella, aún con lágrimas en sus ojos, confirmó que ese niño travieso que tantos dolores de cabeza le causó, alberga todavía sentimientos buenos, sentimientos heridos. Daniel es una víctima del cariño que la vida le negó.

¿Te gustaría escuchar un comentario sobre esa persona que habló con Daniel?

¿Empiezan las clases?

El rostro de Lizt se iluminó al escuchar la noticia: ¡El curso escolar comenzará el 6 de septiembre! Rápidamente se levantó de su asiento y corrió hacia el closet. El uniforme estaba perfectamente planchado a la derecha del resto de la ropa. Se subió en una silla para alcanzarlo y lo tomó con efusividad. La camisa le quedaba un poco apretada, la saya demasiado corta y anudó la pañoleta con una técnica desconocida. Parada frente al espejo pensó que le faltaban solo detalles para estar completamente lista.


Sus zapatos le quedaban un poco pequeños, pero por suerte para ella y desgracia para la hermana, le había crecido tanto el pie, que podía calzar los tenis de su tata. Recogió su cabello en un moño medio desgreñado y lo adornó con un lazo grande; por último, pero no menos importante, añadió a su rostro el accesorio de moda: el nasobuco.


A hurtadillas, salió por el pasillo de la casa para sorprender a la familia con su atuendo prematuro, pero la asombrada fue ella al escuchar que no iría a la escuela. Sus ojitos se volvieron vidriosos y el labio inferior se estiró involuntariamente. Un suspiro alertó a la mamá de la presencia de la niña, quien se acercó para explicarle que luego de la vacunación vería de nuevo a sus compañeros.


Lizt continúa en los encuentros virtuales vía WhatsApp, donde comparte sus ideas, opiniones y stickers con sus amigas. Todas forman parte de la nueva aventura que representa el anhelado reencuentro. Planifican los detalles para que nada salga mal ese día, un día aparentemente cercano, pero incierto, un día donde la escuela se llenará de vida con sonrisas invisibles bajo las mascarillas, un día donde la alegría se podrá palpar en el aire.

*Escrito por Lizabeth García Romero, estudiante de 3er. año de Periodismo,

Rebelde

Por José Ignacio De Smedt, estudiante de Periodismo

“Mi nombre es Alejandro y soy adicto a las drogas”. Pronuncio estas palabras y me doy cuenta que, después de tantos años, ahora es que logro aceptar mi problema. Acabé con mi vida, casi muero, y no me percataba de nada.
Empecé a consumir con 19 años. En una fiesta me ofrecieron un cigarro de marihuana. Acepté con la única intención de para socializar con la gente de mi aula, no quería que me vieran como un “fresa”.
Al día siguiente, cuando llegué a mi casa, no le hallaba sentido a lo ocurrido. “No fue tan malo”, pensé. “Igual, a lo hecho, pecho”.
Después de aquella fiesta me comencé a sentir especial. Mis nuevos amigos me invitaban a todos lados, me incluían en sus planes; siempre consumíamos.
Yo, que nunca salía a ninguna parte porque mis padres no me dejaban hacer nada, finalmente había logrado escapar del yugo familiar.
Yo, que siempre fui el “raro” del aula, empecé a sentirme importante.
En dos meses pasé de la marihuana a la cocaína. Creía tener una claridad mental como nunca antes y en mi cuerpo se generaba perenne ansiedad.
Una raya dejó de ser suficiente. Tenía que aspirar con regularidad. Los días pasaban y todo se volvía un infierno. Me dolía la cabeza, la nariz, no salía de mi boca el gusto amargo. Me juré no consumir jamás. ¿Qué buen chiste, verdad?
Las primeras consecuencias las viví en mi casa. Al principio mis padres no se dieron cuenta, aunque les era sospechoso que saliera todos los fines de semana. Luego empezaron a quejarse que no pasaba tiempo con ellos.
Aunque no se me notaban los efectos, lo cierto es que estaba con el humor de un perro de pelea. Luego vinieron los problemas por el dinero. Mis padres se dieron cuenta que pedía mucho, pero no me compraba nada de lo que les decía. Me preguntaban, y yo no sabía qué decir.
Mis pocos amigos aguantaron mis malos humores, los repentinos ataques de ira, mi carácter explosivo, sobre todo porque nunca antes me había comportado así. Poco a poco me fui quedando solo.
Le robé a mi familia, sin reparos y de forma descarada. Esperaba a que se durmiesen o estuviesen entretenidos para asaltar sus billeteras y gavetas.
Una madrugada, al volver de juerga, sentí una fuerte presión en el pecho y caí desmayado. No recuerdo nada más. Al abrir los ojos en el hospital el doctor me dijo que había sufrido un pre infarto, ¡con diecinueve años!
Mis papás me confrontaron fuertemente, y yo seguí negando la adicción. Les dije lo que le decía a todos: que me metía coca solo a veces.
Ahora escribo, cuando todo ya pasó. Fui a un centro de desintoxicación y logré rehabilitarme. No les soltaré un discurso sin sentido; creo que las palabras sobran. Si usted logra leerme, piense un poco y pregúntese si vale la pena sacrificar una vida por las drogas. Yo creo que no.

Proyecto educomunicativo que tiene como objetivo contribuir al desarrollo psicosocial de niñas, niños y adolescentes en Cuba.

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