Desde que era niño fue víctima de violencia, su padrastro lo agredía física y psicológicamente.
«A cada rato tenía problemas con él, recuerdo que una vez me partió la cabeza con un jarro de aluminio, yo era más chiquito».
El novio de su mamá no solo lo agredía, sino que fomentaba un clima hogareño que naturalizaba la violencia. «Una vez me echó a fajar con mi hermano, y mi hermano me pinchó el pie con un destornillador que él le dio para que me agrediera».
En ese ambiente transcurrió su adolescencia. Cuando tenía 10 años se mostraba violento con las personas. Se fajaba en la escuela, en su barrio. Si jugaba a las bolas, les quitaba las canicas a otros niños. Lanzaba piedras a los vecinos, y si alguien lo ofendía, su hermano y él se armaban con palos y le caían a golpes al desafiante.
De su escuela en Centro Habana lo enviaron para una escuela de conducta. «Allí los más grandes querían abusar de mí, y fue cuando me tuve que empezar a fajarme. Tuve que ser agresivo, la gente me buscaba problemas por gusto; no me quería fajar, pero al final tuve que hacerlo».
Sostiene que tuvo que aprender en la vida a maltratar a todo el mundo: «Si no lo hacía, iban a pensar que yo era más débil».
En su barriada le llamar tener un nombre o «sonar» a aquel que acumula méritos con guapería, acciones violentas, comete delitos; Jairo, podemos decir, que ya tiene el suyo.
«Yo no quisiera sonar porque eso no da nada. Al final, cuando uno empieza a sonar casi siempre lo tumban del caballo. El ambiente y la rutina no dan nada, eso lo que da es atraso», dice; y cuesta creerle cuando uno conoce, de primera mano, que para él la frase «tú si suenas» representa un merecido halago.
Ahora está recostado a una cerca, masticando el tallo de una hierba silvestre. Ve salir la guagua del pase y respira hondo. Extraña su barrio, su calle en San Leopoldo, siente unas ganas tremendas de jugar bolas.
Por: Ana Laura Camacho La Rosa y Edel Alejandro Sarduy Ponce, estudiantes de tercer año de Periodismo.
Son las 9:00 de la mañana y comienza el parte diario del doctor Durán sobre la situación actual de la Covid-19 en la Isla. Las cifras de contagiados aumentan, las fallecidos también, sin embargo, lo que hace que la piel de mi mamá y la mía se ericen es la noticia de que Matanzas está viviendo la peor realidad sanitaria en los últimos meses en Cuba. En unos días se sumarán Ciego, Santiago y Guantánamo.
La cuidad de los puentes tuvo en semanas recientes cifras alarmantes de enfermos y muertes. ¿Qué está pasando? ¿Por qué simplemente no tenemos un día de tranquilidad y esperanza? Son las preguntas que más se escuchan en la casa desde que el doctor dio la noticia: necesitan ayuda.
Para conversar sobre esa ayuda que ha estado llegando a Matanzas por estos días, conversamos con Zulema y Claudio, antiguos integrantes del proyecto Escaramujo, quienes decidieron ser parte de este tsunami solidario para la población matancera.
Poniéndole corazón Uno de los primeros centros en dar un paso al frente en este movimiento solidario para y por Matanza, fue el Martin Luther King, institución ecuménica con una extraordinaria vocación de servicio, promotora del desarrollo de las comunidades cubanas y pionera en incorporar en sus esencias de trabajo la metodología de la educación popular.
Como parte de esa vocación altruista y gracias al grupo de WhatsApp creado por los trabajadores del centro para comunicarse en este tiempo de pandemia, muchas personas manifestaron su preocupación por la situación de Matanzas. A partir de la preocupación planteada por los trabajadores se decidió realizar un movimiento solidario para ayudar a esta provincia.
«En el propio grupo los trabajadores fueron dando ideas de cómo se podía hacer, qué se podría aportar. Algunos solo preguntaban: qué vamos a hacer, no nos podemos quedar de brazos cruzados, el Centro tiene que hacer algo por esas personas, hay que contribuir de alguna manera», así nos cuenta Zulema, quien en la actualidad se desempeña como educadora popular del CMLK.
A partir de ahí surgieron muchas propuestas. La primera fue que el CMLK, el cual posee un área de hospedaje, funcionara como centro de aislamiento. Esta idea posee una serie de protocolos y trabajo más intensa con la dirección de salud y del país los cuales validarán las instalaciones como aptas para recibir a la población. Actualmente es un interés de los trabajadores pero no se ha concretado. Además surgió la idea de contribuir con las donaciones. Las mismas se idealizaron desde dos dimensiones fundamentales. Primero, las donaciones que se realizarían desde dentro de Cuba con instituciones y personas que coincidirán con los mismos valores del centro y estuvieran dispuesta a ayudar. Segundo, con aquellas instituciones internacionales que tienen relaciones de trabajo con el centro, sin excluir otras que tuviesen la intención de colaborar.
«Todas estas ideas se canalizaron y se conversaron con las instituciones que se involucrarían, dígase el Ministerio de Cultura, con el Partido y las direcciones de Salud en La Habana y en Matanzas”.
Abriendo caminos
Con esta motivación se empezaron a recibir donaciones, y al mismo tiempo se realizaba paralelamente una acción comunicativa a través de las redes sociales para que las personas supieran que el Centro poseía todos los mecanismos para hacer esas donaciones. Gracias a estas acciones se empezaron a unir otras organizaciones y personas que deseaban donar.
El centro, gracias a su idea inicial, sirve de puente para realizar las donaciones de diversos productos que llegan a su poder: alimentos no elaborados, productos de aseo, medicinas, gel desinfectante, guantes, entre otras cosas que son muy bien recibidos por los damnificados. Entre las instituciones que se unieron al proceso está la Universidad de La Habana, la Asociación Hermanos Saiz, el Consejo de Iglesias de Cuba, las iglesias presbiterianas de La Habana, así como personas independientes que desearon aportar su granito de arena. Para una mayor organización se creó una comisión de alrededor de 5 o 6 personas que se encargaban de explicar a la población cómo podían donar, cómo llevar las cosas al centro o si no podían salir de casa, alguien del centro iba y buscaba esas donaciones.
En otras palabras, canalizaban las donaciones en el interior del país y realizaban las coordinaciones para que llegaran a Matanzas. Paralelo a esto se creó otra comisión, la cual estaba más relacionada con la comunicación con los movimientos y organizaciones internacionales para gestionar de mejor manera las donaciones que llegarían desde el exterior.
Según Zulema, las primeras donaciones llegaron el 13 de julio al Seminario Evangélico de Teología de Matanzas, el cual está funcionando en estos momentos como centro de aislamiento. También llegaron al Centro Cristiano Reflexión y Diálogo en Cárdenas.
A golpe de pedales
De igual manera, Claudio sirvió de intermediario o mensajero para apoyar a las personas que deseaban donar y no podían llegar al centro. «Yo sentía la sensación de: bueno, quiero donar, pero no podía ir al lugar donde se recibía directamente la ayuda. Se me ocurre entonces la idea de andar con mi bicicleta por toda La Habana y pasar por las casa de las personas que querían donar, recoger las cosas y llevarlas hasta el lugar de entrega”, cuenta Claudio.
Su modus operandi es sencillo. Anuncia en Facebook la ruta de su recorrido y los horarios. Las personas le escriben por privado. Luego, en un ejercicio de transparencia, sube una foto con las cosas recogidas y el listado de los donantes. Solo lo mueven sus pies y las ganas de sentirse útil.
Claudio no ha sido el único. Muchos conductores y bicicleteros han creado grupos de Telegram y de WhatsApp para ayudar a las diferentes instituciones a mover las donaciones que iban recibiendo las mismas.
Las acciones realizadas para la contribución sanitaria en la provincia matancera son un reflejo del nivel de solidaridad que emana de esta pequeña isla del Caribe, donde las dificultades a causa de la situación pandémica actual, así como las constantes difamaciones provenientes de su vecino norteño no han sido, ni serán capaces, de subyugar el espíritu luchador, creativo y solidario de su pueblo.
El filme La chica danesa, dirigido por Tom Hooper, revela la verdadera historia de la pintora Lili Elbe, conocida por ser la primera mujer transgénero que se atrevió a someterse a una cirugía de reasignación de sexo.
Por: Lizabet García Romero
Inspirado en la novela La chica danesa (2000), del escritor estadounidense David Ebershoff, el director británico Tom Hooper decidió llevar la historia homónima a la gran pantalla en el año 2015. El realizador es conocido por sus grandes adaptaciones cinematográficas Los Miserables y El discurso del rey. Esta última recibió 12 nominaciones en la gala 83 de los Óscar, y ganó 4 premios, uno de ellos al mejor director.
La chica danesa relata las vivencias reales de Lili Elbe, una famosa pintora de Dinamarca conocida por ser la primera mujer transgénero en someterse a la cirugía de reasignación de sexo, en el siglo XIX. Nació bajo el nombre de Einar Wegener y estaba felizmente casado con Gerda Wegener, una atractiva joven que conoció en la Escuela de Arte de Copenhague.
Einar descubrió su verdadera identidad sexual tras posar para su esposa usando medias y zapatos de tacón. Con un vestido y maquillaje, su vida dio un giro de 180 grados y encontró su felicidad de la forma más inesperada. Einar se transformó en Lili sin atormentarse con el qué dirán de la época. Consideraba que su felicidad estaba más allá de cualquier comentario hiriente o desprecio de la sociedad.
En más de una ocasión, el artista fue sometido a tratamientos absurdos para “curar” su supuesta enfermedad, incluso dudaron de su integridad mental. Sufrió agresiones físicas y psicológicas, pero eso no fue un impedimento para lograr su objetivo: ser una mujer.
“Me siento mejor cuando escucho tu lápiz. Me has dibujado mejor de lo que era. En lo que has dibujado me he convertido . Me hiciste más hermosa y ahora me haces más fuerte.” Esas fueron las palabras de agradecimiento de Lili a Gerda por su apoyo incondicional a pesar de los acontecimientos.
La camaleónica actuación del británico Eddie Redmayne, intérprete de Einar/Lili, permite sentir a flor de piel los sentimientos de Lili y la situación tan difícil que atravesaba. Quien observa con detenimiento cada movimiento del protagonista se hace capaz de abrir una puerta hacia la tolerancia y el respeto por la sexualidad de los otros. Su desempeño es tan puro que, a ojos del espectador, posee mayor belleza como Lili que como Einar.
Resulta igual de magistral, la presencia de la sueca Alicia Vikander como Gerda, la esposa maravilla, que sin importar las decisiones de Einar, supo sobreponer su amor por él y acompañarlo hasta que la vida le regaló su último destello. Sufrió mucho con los cambios, pero tuvo la capacidad de mantenerse firme y cariñosa.
Tanto despliegue de talento llevó a ambos actores a la cúspide del éxito, siendo nominados a los Premios Oscar, donde Vikander alcanzó su reconocimiento, en la categoría de Mejor actriz de reparto en el año 2016. También obtuvo premios, en la misma clasificación, en Sindicato de Autores, Crítica Cinematográfica y Satellite.
Otros aspectos dignos de admiración en la película son la fotografía, la dirección artística y la música. Se fusionan para ambientarnos en la sociedad de la época y en cada situación atravesada por los protagonistas.
La chica danesa hizo su entrada el cinco de noviembre del 2015 al Festival Internacional de Cine de Venecia con críticas acertadas. De igual manera la recibió el público 22 días después. El impacto del drama estadounidense de 120 minutos, le permitió recaudar más del triple del presupuesto destinado a su realización.
Si resultó de tu interés lo que acabas de leer, Escaramujo te invita a que visites el tráiler oficial de la película. ¡Anímate a verla!
Siempre se ha dicho que la adolescencia es una etapa complicada, y es muy cierta esa afirmación. De ahí que ese tránsito por la vida, cuando se deja a un lado la niñez, necesite de personas que aconsejen, brinden espacio a la confianza y aclaren las innumerables dudas que van surgiendo día tras día.
Pero, ¿cuán efectiva es la relación de nuestros niños y adolescentes con sus familias, sus escuelas, sus comunidades? ¿Siguen siendo los amigos de su misma edad en quienes más confían? ¿Conoce este grupo etario cómo vivir y disfrutar una sexualidad responsable?
Habría que analizar también si las acciones que hacemos, desde las políticas públicas, se parecen a nuestros adolescentes, si se sienten identificados, o si se exponen más en las redes sociales a contenidos foráneos, expuestos a modos de vida casi irreales.
Está claro que cada persona es diferente, y que no funcionan las mismas recetas para todas, pero urge crear espacios de debate y análisis sobre esos asuntos como sucedió con Adolescer un evento académico que recientemente desarrolló su 7ma. edición y cuyo principal objetivo es escudriñar, desde las ciencias sociales, en el desarrollo de nuestros adolescentes para contribuir al disfrute pleno de sus derechos.
Saber no puede ser un lujo
Dayana no conocía sus derechos en la adolescencia: «Cuando quieres tomar una decisión te dicen que eres grande para unas cosas y pequeña para otras. Unas veces te quieren sobreproteger y otras te dejan muy expuesta».
Igual sentimiento comparte Nathalí, quien cree que los derechos en ese tiempo se vulneran porque cuando se está creciendo «no somos conscientes de que tenemos esas ventajas; deberían explicarnos mejor en la casa, en la escuela, en la televisión».
Sin embargo, Evis cuenta que sí los conocía, pero le fue muy difícil hacerlos cumplir en todos los espacios donde estaba, mientras que Dialamaría siente que cuesta mucho enfrentarse a la frase «Eres menor de edad y debes hacer lo que te digan los mayores».
Opiniones como estas, compartidas en las redes sociales y en grupos creados para el intercambio con adolescentes, sientan las bases para un debate multidisciplinario entre especialistas e investigadores sobre las realidades de nuestros adolescentes en la Cuba actual, siempre desde la metodología de la Educación Popular, que promueve la construcción colectiva del conocimiento.
Al participar en Adolescer, Keyla Estévez García, directora del Centro de Estudios sobre Juventud, explicó que es necesario hacer una valoración general de las características de los derechos, deseos y aspiraciones que tienen los adolescentes, para que podamos entenderlos y transformar conductas desde los mismos adultos.
«Cuba hace esfuerzos por representarlos y cumplir como país, pero a veces en un sentido paternalista al ejercer la autoridad adulta sobre ellos, tanto desde espacios institucionales como personales y familiares, los derechos pueden ser vulnerados», acotó.
Entretanto, Lisy Alina Jorge Méndez, oficial del Programa de Protección de la Oficina del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) en Cuba, manifestó que los adolescentes acceden a la información a través de internet, así que esta debe ser una vía para visibilizar sus derechos, aprendan cómo ejercerlos, cómo exigirlos y que también sean conocidos por los adultos y los respeten y actúen.
En ese sentido, Ana Isabel Peñate, especialista de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, dijo que urge potenciar entornos protectores de derechos y desarrollo humanos sobre bases de equidad, inclusión y justicia social que aseguren a las más jóvenes generaciones una formación ciudadana comprometida con ámbitos como los derechos humanos, la cultura de paz, el medio ambiente, la tolerancia y la diversidad.
A otro tema transcendental se refirió Natividad Guerrero, especialista del Centro Nacional de Educación Sexual: se debe defender la inclusión de niños, niñas y adolescentes con discapacidad o problemas de construcción de su identidad sexual.
Señaló que debemos hacer frente a la falta de confianza, de tiempo o de un ambiente sano para el crecimiento de los adolescentes, pues ello afecta la comunicación. Igualmente conversó acerca de la importancia de reflejar los derechos de este grupo en el nuevo Código de las Familias, en el cual ya se trabaja.
Por su parte, Francisca Cruz, coordinadora del Programa Nacional de Adolescencia, señaló que todavía se debe insistir en dos asuntos fundamentales: las consecuencias del embarazo adolescente y ganar más en conocimiento sobre las infecciones de transmisión sexual (ITS) y VIH/sida, pues ello permitirá disfrutar de una sexualidad responsable.
Importante, expresó, es trabajar en función de que los adolescentes varones también se impliquen en la tarea de asumir la responsabilidad de su sexualidad, tanto en la prevención de embarazos como de las ITS. De cierto modo la sociedad ha otorgado esta responsabilidad a las niñas, pues los roles, estereotipos y el poder de género están presentes en la educación sexual, explicó.
Comunicar en el mismo lenguaje
Los adolescentes pasan la mayor parte de su tiempo expuestos a las pantallas, interactuando con diferentes tipos de contenidos, en busca de privacidad y entornos propios. Sobre ese tema, Fidel Alejandro Rodríguez, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, considera que el mundo y el país están cambiando de manera acelerada y drástica, pero no así la educación.
Por ello es necesario habilitar espacios y formas de socialización entre jóvenes desde el consumo hasta su participación en asuntos públicos. «Al mismo tiempo, los padres, cuidadores e instituciones deben entender su responsabilidad en la formación de capacidades en infantes y adolescentes para un manejo apropiado de las herramientas y plataformas tecnológicas en procesos de transformación social», explicó.
Asimismo, es importante potenciar desde las instituciones, sobre todo las culturales, una programación que satisfaga los gustos, preferencias y necesidades de estos grupos de edades para que esta se convierta también en una opción atractiva dentro de lo que los adolescentes y jóvenes consumen culturalmente.
Pero no solo deben estar atentos los mayores a lo que consumen, sino también a lo que producen. Desde los post en redes sociales, la creación de memes o videos, nuestros adolescentes cubanos están creando contenidos en internet.
Rodolfo Romero Reyes, uno de los coordinadores del proyecto Escaramujo, asegura que la producción comunicativa es algo que motiva a los más jóvenes. «Aprovechemos esa motivación en función de los procesos de aprendizaje, de acciones colectivas de transformación social».
Puntualizó que el mayor acceso a las redes debe de ir acompañado de estrategias educomunicativas, que nos permitan participar en el espacio virtual de forma crítica y consciente. «Nuestros adolescentes son vulnerables también en estos espacios, en los que cada vez con más frecuencia se dan situaciones de acoso sexual, de violencia sicológica y de pornovenganza, entre otras».
Adolescer
Adolescer es liderado por el proyecto Escaramujo y ya celebró su 7ma. edición desde las redes sociales. El evento propició la participación y el compromiso de personas de diversas provincias del país, y de otras naciones como Argentina, Perú y Guatemala.
Coordinado por estudiantes y profesores de las facultades de Comunicación y Sicología de la Universidad de La Habana, el evento se dividió en paneles, foros temáticos y una feria de experiencias, para lo cual acogió a la plataforma Telegram como espacio de acción principal.
Con el apoyo de varias organizaciones e instituciones, Adolescer permitió crear alianzas entre proyectos que trabajan con adolescentes y que sueñan con una Cuba en la que sigan creciendo los derechos para todas las personas, desde las edades más tempranas.
Como cada 10 de diciembre desde 1948, cuando se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se siguen sumando voces y accionares a la constante aspiración de justicia social dentro de la más plena libertad y el más absoluto respeto a dichas premisas para una vida digna.
La jornada por los Derechos Humanos de este año ha sido nuevamente motivo de celebración en Cuba, pero también fue pretexto para el diálogo constructivo que permite mejorar como sociedad. A estos espacios de exposición y debate se unió como siempre la tropa de nuestro proyecto.
Escaramujo participó en la Feria de proyectos de extensión universitaria, organizada por la Universidad de La Habana en el parque Mariana Grajales del capitalino municipio de Plaza de la Revolución. Una interesante oportunidad para acercarnos a otras iniciativas estudiantiles.
En torno a un pequeño stand, montado con mucho entusiasmo, se nuclearon estudiantes de secundaria y preuniversitario fundamentalmente. Su intención fue descubrir qué tenía para ofrecerles Escaramujo.
Para el proyecto, la idea era mostrar el trabajo con adolescentes en condición de vulnerabilidad social, así como el respeto y la concientización en torno a sus derechos al generar espacios participativos como forma de legitimar, practicar y promover los derechos humanos.
Además de visibilizar el trabajo con el resto de los adolescentes y jóvenes en pos de poner en valor aún más las potencialidades de estos grupos etarios para la construcción de nuevos y fructíferos espacios de desarrollo social.
Los participantes quedaron muy motivados y con ánimos de descubrir el proyecto en profundidad: historias de jóvenes que pasaron por los talleres, la forma en que surgió Escaramujo o las experiencias más emotivas que hemos vivido en estos diez años de entrega. Asimismo, manifestaron su interés de que la actividad del proyecto llegara a sus escuelas o comunidades.
No solo los adolescentes se sintieron convocados, también padres, profesores y directivos pasaron por el stand. Para algunos fue el momento de establecer contactos y proyectar intervenciones transformadoras impulsadas por el proyecto, por ejemplo en el preuniversitario Saúl Delgado, muy cercano al área de exposición.
Por otra parte, Escaramujo participó en el panel “Experiencias y Buenas Prácticas en la promoción y protección de los Derechos de la infancia y la adolescencia”, como parte del III Seminario Internacional “Diálogo sobre los Derechos Humanos”.
La intervención en el panel estuvo a cargo de la educadora popular Yohana Lezcano Lavandera, periodista y fundadora de nuestro proyecto. Como parte de su presentación abordó tanto la experiencia más actual como el trabajo sostenido durante estos diez años en función de las adolescencias en Cuba.
La cita, que sesionó en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, fue una buena ocasión para generar alianzas en pos de un trabajo más integral y sistemático con niñas, niños y adolescentes desde un quehacer transdisciplinar. Un accionar que los acerque a sus derechos y no solo abogue sino que construya para asegurar su cumplimiento y efectividad.
Se enfatizó en la importancia de articular más espacios para la participación sustantiva de los adolescentes. Pero no solo como la propuesta práctica sino como un objetivo marcado por la investigación, bases teóricas y el empoderamiento de estos grupos desde lo Educomunicativo.
La perspectiva es lograr que los adolescentes, a través de procesos educativos transformadores, sean más conscientes de sus derechos, con una especial atención al acceso a la información, la comunicación y la posibilidad para expresarse sin discriminaciones ni violencias.
Se esbozaron líneas de acción comunes entre Escaramujo y otros proyectos participantes del panel como el centro A+ Espacios Adolescentes y la campaña Evoluciona. Incluso, se propuso desde la Facultad de Derecho la iniciativa de volver a presentar el proyecto entre estudiantes y profesores de la carrera.
La participación en esta Jornada ha servido al Proyecto Escaramujo sobre todo como base y mayor experiencia de debate en estos temas. Una preparación que se agradece con vistas al próximo Evento Adolescer que este 2021, desde lo académico, propone otro espacio por los derechos en nuestro caso de las infancias y adolescencias.
Como parte de la Gran Feria Comunitaria que se realiza en cada Encuentro Internacional de Estudiantes de Psicología, el proyecto Escaramujo realizó un taller digital dedicado al trabajo con adolescentes.
Por Gabriela Méndez Dávila, estudiante de Psicología
Uno de los eventos más grandes que desarrolla la Universidad de La Habana es el Encuentro Internacional de Estudiantes de Psicología. Convocado por primera vez en el año 2000, este año constituyó un reto para sus participantes y organizadores pues las circunstancias planteadas por la pandemia de la COVID- 19 obligaban a un intercambio virtual para proteger la salud de todos.
Si había un espacio trascendental, y muy complejo de coordinar de forma no presencial, era la Gran Feria Comunitaria. Un momento en que la universidad se desborda de sus muros para potenciar acciones de transformación en las calles habaneras.
Ahora en el escenario virtual, la Gran Feria volvió a ser una oportunidad para desde la facultad de Psicología —y con una tendencia creciente a la interdisciplinariedad— desplegar un accionar intenso que generó nuevos diálogos en pos del desarrollo y bienestar emocional de todos y todas.
La evidencia estuvo en los talleres de orientación e intercambio realizados en WhatsApp y Telegram con una importante participación de la población de diferentes edades. No solo en Centro Habana, donde se suelen realizar las actividades de la Gran Feria; esta vez la experiencia tuvo un alcance nacional e internacional, lo cual necesitó de más esfuerzo, pero a su vez obtuvo excelentes resultados.
Entre las experiencias, de la feria destacó el Taller Creativo Online «Tu Adolescencia Cuenta», organizado por proyecto Escaramujo de las facultad de Comunicación y Psicología de la Universidad de La Habana.
¿La idea? Contar historias desde la perspectiva de los adolescentes sobre sus actividades de tiempo libre, así como los cambios que las formas habituales de recreación enfrentaron en este período de aislamiento físico. De esta forma, los más de 40 participantes, de entre 12 y 20 años de edad, aprendían herramientas de producción a la par que repensaban sus formas de consumo de medios —desde las redes sociales, videojuegos o series— y otros pasatiempos.
También fue un desafío para los universitarios que nos desempeñamos como coordinadores. Trabajar desde WhatsApp con adolescentes exigía reconfigurar las ideas y técnicas de la educomunicación y el trabajo grupal que practica este proyecto de investigación y extensión universitaria. Muchas herramientas quedaban obsoletas y debimos buscar vías más motivadoras para mantener a los participantes en conexión con el equipo del proyecto.
Los coordinadores éramos simplemente facilitadores del diálogo y la construcción colectiva de opiniones sobre el tema. Sin olvidar nuestro rol, potenciamos en los grupos de adolescentes la participación y el intercambio de sus experiencias e, incluso, preocupaciones sobre las formas de entretenimiento juvenil en Cuba hoy.
Ese proceso nos permitió evaluar la popularidad que tienen algunas actividades de ocio como los videojuegos, el consumo de series y películas en la televisión o El Paquete, la música, así como la posibilidad de navegar en Internet mediante los datos móviles. Aunque también nos llamó la atención entre los participantes, que muchos se representaban a ellos mismos leyendo y aprendiendo recetas de cocina.
Pero como este no solo era un ejercicio evaluación sino también de formación, compartimos con ellos, de forma muy visual y sintética, varios elementos teóricos para que revisaran la distribución de sus tiempos o las prácticas recreativas más sanas. Al decir de los participantes, ese intercambio fue fructífero en tanto pudieron recibir orientación y los coordinadores retroalimentarnos de sus vivencias.
Con respecto a la producción de contenido comunicativo, momento distintivo en la metodología de Escaramujo, los adolescentes pudieron aprender y construir sus propios guiones para audiovisuales, cuentos y hasta un podcast, que expresan lo debatido a modo de mensaje para otros chicos y chicas.
Expresiones de los adolescentes tales como: «Después de grabar el audio para el podcast, terminé ronco. Pero valió la pena porque conseguí un buen resultado» y «Ojalá nos veamos pronto», reflejan su capacidad de superación personal, así como el agradecimiento y las ansias por volver a compartir junto a nosotros experiencias similares; siempre enriquecedoras y transformadoras, desde mi punto de vista como estudiante universitaria.
En una palabra muchos resumieron el Taller Creativo «Tu Adolescencia Cuenta» como: Motivación, Felicidad, Compañerismo, Diversión, Libertad y Aprendizaje. Justo lo que desde el Proyecto Escaramujo y la Gran Feria Comunitaria del XI Encuentro Internacional de Estudiantes de Psicología pretendimos entregar, al extender la universidad más allá de sus muros ahora de forma online.
Hablar de adolescencia en Cuba siempre será un tema pertinente. Más aún si se hace desde la experiencia de una década de trabajo emprendido con aquellas personas en situación de vulnerabilidad social, y bajo el amparo de una praxis universitaria transdiciplinar que ha dado vida a un proyecto como Escaramujo.
Este texto se ofrece como testimonio de jóvenes estudiantes y profesores de facultades de Comunicación, Psicología, Pedagogía y Ciencias médicas que se han propuesto producir teoría sobre una práctica educativa que llama a la conformación de pensamiento crítico, que invita a (re)configurar proyectos de vida con bases inclusivas, solidarias, justas, dialógicas, participativas.
Entretejer el discurso de cada autor y autora desde la defensa de una categoría como la educomunicación popular, o sea, una mirada a la comunicación no solo como dinamizadora del aprendizaje, sino como esencia para la transformación, sustentada en la filosofía y práctica liberadora de la Educación Popular, convierte a esta compilación en un paso importante en el camino por consolidar ese campo de estudios como un andar teórico y metodológico significativo en la universidad cubana actual.
Uno de los mayores valores que, a mi juicio, posee este texto es dar cuenta en todo momento de la riqueza, siempre desafiante, de propiciar espacios de trabajo con adolescentes, donde bajo la premisa de no utilizar mecanismos autoritarios se logre la concertación, el respeto mutuo, la disciplina, el aprendizaje divertido pero intencionado. En ese sentido, cada artículo del volumen da fe de una práctica comprometida, honesta, que reconoce errores, los asume como aprendizajes y los comparte con otras personas.
En ese empeño, el libro, como el propio proyecto Escaramujo, visibiliza y posiciona a la Educación Popular como una de las alternativas más ricas para el diálogo con ese grupo etario, porque invita a construir un sentido de colectividad que no renuncia a lo individual. Además, permite recuperar de sus experiencias las vivencias positivas que les hagan luchar permanentemente por ser útiles para sí mismos, para su familia y para la sociedad toda.
Este recurso resulta esencial en la generación de procesos educativos cuyos protagonistas sufren sobre sí las más variadas formas de marginación social. Por ello, la mayor parte de las experiencias de Escaramujo, de la cual da cuenta también el texto que nos ocupa, transcurre en las Escuelas de Formación Integral (EFI), instituciones regidas por los Ministerios de Educación y del Interior como parte del amplio Sistema de Atención a Menores en Cuba.
Varios de los artículos reflexionan sobre los modelos educativos que confluyen en estas escuelas a las que llegan adolescentes que «incurren en actos antisociales de elevada peligrosidad o en hechos tipificados como delitos» o aquellos «que presenten conductas desajustadas durante su atención en las escuelas especiales regidas por el Ministerio de Educación (MINED)».
Muchas de las ideas sistematizadas en Escaramujo:De la rosa y de la mar. Realidades diversas de adolescentes en Cuba son resultados de tesis de licenciatura y maestría en varios centros de altos estudios del país. De tal forma, se logra dialogar con categorías como adolescencia, exclusión social, resiliencia, transgresión de la ley, entre otras.
Si bien este dato nos hace comprender la profundidad en el tratamiento de la mayoría de los temas, sobre todo en las condicionantes socio-psicológicas, contextuales, que influyen en las historias de estos adolescentes y los mecanismos para intentar salirse del destino marcado para quienes han sufrido situaciones de violencia extrema; por otra parte, no escapa, en la mayoría de los trabajos que componen el volumen, de un lenguaje un tanto formal, propio de los ejercicios académicos.
Contar con cerca de 250 asientos bibliográficos —aunque en esta edición solo se incluyen los 98 citados— que abren puertas para profundizar en el tema y explorar otros caminos afines, destaca entre los valores del libro.
En resumen, el texto se hace necesario para comprender la variopinta realidad de adolescentes a veces invisibilizados, y los esfuerzos estatales y no gubernamentales en varias provincias del país por contribuir a procesos de formación que permitan demostrar que existen otras maneras de relacionarse, fundamentadas en el respeto a la dignidad de los seres humanos.
Es un libro útil para quienes sienten la vocación de educar y contribuir a la creación y consolidación de políticas públicas que defiendan los derechos de la niñez y la adolescencia, que respondan ante sus necesidades y expectativas reales, reconociéndoles como actores de cambio y no solo como víctimas o victimarios. Lograr que la existencia de estos espacios de diálogo y concientización no sean excepción, sino regla, es uno de los retos que deja entrever este texto.
En ese sentido, se suma a la apuesta por un entono educativo visto cada vez más desde la inter y la transdisciplinariedad, en el que confluyan armónicamente la familia, la escuela, los medios de comunicación, las organizaciones de masas y la comunidad toda.
Por Mercedes Muñoz Fernández, estudiante de Periodismo.
Trae la sensibilidad en la raíz; la misma que encontró en Escaramujo tierra fértil para crecer y echar retoños en sus estudios de pedagogía-psicología. La muchacha que más de una vez estuvo en Escuelas de Formación Integral coordinando talleres con adolescentes que viven en situaciones de vulnerabilidad social, y que en 2019 tocó a la puerta de muchas familias abatidas por el tornado en el capitalino municipio de Regla para registrar daños, recoger escombros y ayudar a la gente a superar la amarga experiencia; ahora, en 2020, le informa a su mamá que nuevamente se va de la casa, con la única intención de ser útil.
Aunque con su ímpetu para transformar la realidad podría recordarnos a Celia, a Vilma o a Adela Azcuy, Marian Solano es una chica de este tiempo, con tatuajes sensuales llenos de significados para ella y su familia.
Marian se unió a Escaramujo en primer año de la universidad para explotar sus deseos de construir un mundo mejor.
Es consciente de que, en este tiempo, aún queda mucho trabajo para «hacer posible un mundo mejor». ¡Y que lo diga! La pandemia del coronavirus estalló como una bengala para llamar la atención sobre otros tantos problemas globales; una situación ante la que debemos ser más humanos y solidarios. En eso, Marian llevaba ventaja.
Desde inicios de junio, está en la Zona Roja. La alternativa era cuidarse a sí misma o coger el miedo de la mano y colaborar con el personal de salud en el hospital Dr. Salvador Allende (Quinta Covadonga, para los habaneros). «La suerte —comenta celular mediante— es que la acompañan en este empeño varios amigos de la universidad, e incluso, su novio.
Christian, su novio, y otros compañeros de la universidad decidieron acompañar a Marian como personal de apoyo en el enfrentamiento a la Covid-19.
Allí arden las tensiones y temores. A pesar de eso, no se le escucha insegura ni arrepentida cuando afirma: «el miedo de contagiarse siempre está, pero reconforta saber a cuántos puedes auxiliar, o cuántas personas nos admiran por lo que estamos haciendo».
«¿Sabes?, un señor llegó a preguntarme si nos estaban pagando», recuerda entre risas y repite su respuesta: «Mire, en realidad, ayudar a los que me necesitan para mí es suficiente».
Cuenta que ver a los pacientes irse a casa sanos, entre lágrimas y aplausos, es de las mejores emociones experimentadas en su vida. Quizás, también le ha servido de impulso haber tenido Medicina como su segunda vocación.
«Creo que si hubiese estudiado esa carrera me iría bien. Me gusta leer del tema, sobre todo acerca de primeros auxilios para salvar vidas en circunstancias inesperadas. Claro, nunca imaginé enfrentarme a una situación como esta».
Para ella, permanecer en el hospital con un familiar no es igual a conocer la batalla de tantas personas ingresadas lejos de sus seres queridos. Por eso prefiere compartir un trozo de la preocupación ajena; intenta mirar a los ojos de los enfermos para buscar en ellos la vida.
«Aunque no todos hablan con los pacientes, yo sí les pregunto al menos cómo se sienten, qué les falta. Trato de darles una atención cercana sin dejar de lado las medidas de protección».
En pocos minutos resume la extensa rutina en el centro hospitalario: las tempranas alarmas para despertar, la limpieza de los enormes pasillos o los baños, y la distribución de la comida. Todo el tiempo habla en plural. De sus amigos y el personal de salud.
Deja claro el esfuerzo de este equipo que —al tanto del riesgo— se prepara para cruzar la línea roja con guantes, nasobucos, sobre-batas, máscaras plásticas y botas de goma como único escudo. Así pasan a la higienización de los cuartos de pacientes positivos a la Covid-19.
Sin embargo, no todo ha sido valentía épica. Ahora lo cuenta con tono jocoso pero al principio dudó si seguía preparándose para la tesis o atendía a sus deseos de apoyar en los hospitales. Su madre, sin pensarlo dos veces, le dijo: «Avanza, sin miedo». Con esa fuerza maternal y la compañía de Christian, su novio; y Maybel, la amiga que además es de su familia de Escaramujo, las dudas ligadas con temor desaparecieron.
Maybel y Marian, a la derecha al frente, pertenecen al proyecto Escaramujo desde hace ya cuatro años.
«Los amigos, mi hermano y mi mamá nos envían muchos mensajes de apoyo por las redes sociales. Esos mensajes se multiplican y comparten», comenta con la misma humildad que siente le crece dentro, cada día, desde su llegada al hospital.
Estado que la madre de Marian publicó en la red social Facebook.
A la par se supera profesionalmente, porque para ella la psico-pedagogía está demasiado ligada a la entrega y al humanismo como para no enriquecerse con esta experiencia.
«Tampoco dejo de soñar» y —aunque acepta que a veces es demasiado utópica— le gusta creer que todos seremos un tilín mejores después de esta pandemia. Tal vez, mucho menos egoístas y más preocupados «por cumplir nuestras metas y pensar en colectivo». De esa forma; al igual que las raíces más fuertes retoñan después de la tormenta; en la Zona Roja, Marian florece.
El proyecto Nombres contribuyó a la recuperación emocional de personas afectadas por el tornado de enero de 2019. Hizo un trabajo diferenciado con adolescentes; Escaramujo estuvo allí para ayudar y compartir saberes.
Por Mercedes Muñoz Fernández
Esta historia comienza como la del Mago de Oz con un tornado que azota a un pueblo y cambia radicalmente la vida de aquellos en su camino. Pero no es la historia de una niña de Kansas y su perro; aunque pudiera ser contada también por niñas como Nahomi o Edilaura. Ellas pueden porque vieron en ruinas su barrio, las casas de algunos vecinos, la escuela y ya hoy su entorno es totalmente diferente.
Sin embargo, esta es más bien la historia del proyecto Nombres, que no tiene cobardes ni hombres de hojalata; sino jóvenes llenos de sentido común y ternura. Nombres fue una iniciativa de estudiantes y graduados de Psicología para acompañar a los afectados por el tornado que como Nahomi y Edilaura viven en el capitalino municipio de Diez de Octubre.
Como explica Ana Laura Escalona, fundadora del proyecto, “esta era una forma de ayudar rápidamente a canalizar las experiencias traumáticas de aquellas personas, de conocerlas y saber las necesidades individuales de esos que se volvían cifras al ser reconocidos como damnificados”.
¿Y cómo entra Escaramujo en este cuento? Pues tarareando que saber no puede ser lujo llegamos en julio del pasado año a un Joven Club de Luyanó en Diez de Octubre donde no solo estaban Nahomi y Edilaura, sino muchos niños, niñas y adolescentes que ya habían vuelto a las escuelas y veían reconstruidos sus hogares.
Un taller de técnicas audiovisuales fue la escusa. ¿El objetivo? Trabajar junto a Nombres y estos adolescentes en tres provechosas jornadas para la limpieza del barrio. Además de ayudarlos a contar la historia de sus nuevos deseos de trasformar la comunidad.
“Para los niños, niñas y adolescentes, creemos que fue una experiencia inolvidable”, comenta Ana Laura Escalona. “Aún nos mencionan ese taller con entusiasmo; porque fue un espacio para conocer otro lenguaje y contar, cámara en mano, cómo sus familias iban sanando y trabajaban en una segunda fase de recuperación tras el paso del tornado”.
Otra de las coordinadoras de Nombres, Carolina Barber, recuerda que salir a la calle con los niños fue lo más curioso. “Había un adolescente en particular poco involucrado en la sesión dentro del aula, pero cuando salimos a tomar las fotos estuvo súper en la tarea. Captó muy bien la idea, hizo fotos interesantes”.
Edilaura era una de las chicas más activas en este taller. En uno de los videos grabados por esos días, ella cuenta cómo en aquel momento su barrio estaba casi listo y que esperaba a partir de entonces tener una comunidad más segura.
“Eso te daba la idea de los resultados del taller con Escaramujo. Pero para mí lo mejor fueron las acciones espontáneas de los chicos mientras filmaban como recoger basura extra o pedir ayuda a los adultos para estas labores”, opina Guido Bertoni, miembro de Nombres.
Para nosotros, los escaramujeros, fue un intercambio enriquecedor. Significó, además, la creación de una alianza más fuerte cuya expresión mayor estaría en Adolescer 2020. Nombres presentó su proyecto aún por consolidarse en el trabajo para, por y con los adolescentes en pos de la resiliencia y la transformación de su entorno.
Y, como en la historia de Dorothy y el Mago de Oz, el tornado fue una catástrofe que solo puede recordarse como desencadenante de la historia. Para Ana Laura Escalona, “compartir con Escaramujo es de las cosas más lindas y constructivas después de un fenómeno natural de este tipo causante de tanta tristeza. Las buenas experiencias y amistades surgidas en los talleres son lo que realmente queda en las mentes de los niños, niñas y adolescentes”.
Aguas de distintas corrientes en el trabajo para, por y con los adolescentes cubanos se unen formando un cauce común. Desde hace seis años, Escaramujo convoca al evento académico Adolescer. Allí, el curso de las investigaciones en torno a esta temática, se mezcla con las prácticas de los 45 proyectos comunitarios que participaron en este encuentro.
En los dos días de intenso trabajo, la Casa Estudiantil de la FEU de la universidad de La Habana fue también la casa de Escaramujo. Sirvió de escenario para el talento adolescente de los proyectos socioculturales presentados en la gala inaugural. Asimismo, se realizó una feria de experiencias que llenó los portales del caserón con carteles, pinturas, guitarras, artículos reciclados, libros y productos comunicativos relacionados con el quehacer de cada proyecto. Incluso, hubo juegos de participación.
No obstante, para Escaramujo esto es parte de lo habitual. Adolescer se diferencia bastante de los eventos académicos comunes, estructurados por comisiones con largas conferencias de expertos. Más bien, es un espacio para el diálogo o el surgimiento de nuevas ideas donde todos se juntan para vivir y soñar.
Por eso, esta sexta edición del evento favoreció el debate teórico-metodológico y práctico acerca de los desafíos de encaminar proyectos insertados en una o varias comunidades, para la formación de adolescentes en contextos de vulnerabilidad social. El intercambio permitió enriquecer los conocimientos acumulados en las experiencias comunitarias de todo el país. Se discutieron temas como la salud sexual y el embarazo precoz, la violencia hacia las mujeres, y el desarrollo comunitario sostenible.
El evento propició además nuevas alianzas entre proyectos similares o con aquellos que se enfrentan a realidades muy diferentes y trabajan con metodologías también diferentes para obtener los mismos resultados. Esas uniones pueden ser la expresión concreta del evento teórico que es hoy Adolescer.
Para los estudiantes universitarios que asistieron, fundamentalmente de la Facultad de Comunicación y Psicología de la Universidad de La Habana, el encuentro académico confirma el valor de la investigación científica cuando converge con el trabajo que se extiende más allá de las aulas en pos del desarrollo social.
Como muestra de ese convencimiento sesionó el panel de especialistas «Miradas al espacio comunitario» con la participación de la Msc. Claudia María Caballero, profesora e investigadora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana y su análisis de las obviedades del trabajo comunitario. También se presentó la ponencia de la MsC. Bárbara Zas Ros y el estudio de la Lic. Daimy Abello Cordovés, ambas integrantes del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS)
Por último, la investigadora Idania Rego Espinoza presentó el libro Experiencias de transformación social con las infancias y las juventudes. Prácticas a debate, que compila un grupo de estudios sobre juventudes del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas. Este texto, además, dedica un momento especial al trabajo del proyecto Escaramujo.
De Adolescer nos podemos llevar muchas cosas, pero las principales enseñanzas pueden resumirse en algunas actitudes o acciones identificadas por representantes de los proyectos como “imprescindibles en el trabajo para, por y con los adolescentes”.
Entre ellas destacan: atender a las necesidades específicas y potenciar las habilidades de cada adolescente; propiciar el diálogo y la inclusión; trabajar con humildad, compromiso y amor; mirar a los ojos y compartir, juntarse como afluentes de un mismo río en espacios como el que propone Escaramujo, cada año, con el evento Adolescer.
Proyecto educomunicativo que tiene como objetivo contribuir al desarrollo psicosocial de niñas, niños y adolescentes en Cuba.