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Un nuevo comienzo

Por Ana Beatriz Liens Samper, estudiante de 3er año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

A las 5:30am sonó la alarma en la penumbra de mi habitación. Desperté con mucho dolor de cabeza, apagué el teléfono y al darme cuenta de que ya era 7 de septiembre casi vomito. Un gallo a lo lejos cantó al amanecer.

Mi familia estaba más nerviosa que yo. Me hacían las mismas preguntas una y otra vez: ¿Cogiste todo?, ¿Los van a ir a recoger cuando lleguen?, ¿Dónde van a dormir? Respondí como un robot con las respuestas predeterminadas. Todas mis energías estaban centradas en llegar a tiempo a coger el ómnibus con destino a Matanzas.

En la terminal me encontré con Luis y Daniela, mis compañeros de viaje. Luis, un periodista en formación con alma soñadora, estaba aparentemente tranquilo. Transmitía mucha seguridad. Todo parecía estar bajo su control.

Daniela se veía un poco más expectante. Miraba a todo y todos en silencio analítico. La psicología no había sido para ella una carrera escogida al azar.

Nos despedimos de nuestros familiares llegadas las 8:00am. Entregamos el equipaje y, al cabo de un rato de espera, por la ventanilla de una Transmetro azul, dijimos adiós con la mirada a la terminal de ómnibus de La Habana.

La mayor parte del viaje una silenciosa Daniela trató de no marearse junto a Luis y a mí, que no paramos de hablar la primera hora y media. Comentamos ideas a desarrollar y algunos debates teológicos. Los tres estábamos emocionados. Intuíamos que este viaje transformaría las vidas de los adolescentes y las nuestras. Ellos aprenderían a contar con sus voces la realidad; nosotros nos descubriríamos en cada una de sus historias.

El proyecto universitario Escaramujo, al cual nos unimos formalmente en el año 2025, pero que ya goza de 15 años de creado, logró sembrar en pocos meses las ganas insaciables de ayudar y hacer en nosotros, jóvenes estudiantes de 3er año. Cuando el proyecto nos propuso desarrollar durante una semana un taller de periodismo adolescente en la Escuela de Formación Integral (EFI) «Antonio Guiteras Holmes», los casi periodistas no pudimos resistirnos. Para nosotros era un honor.

Las Escuelas de Formación Integral recogen en sus instalaciones a adolescentes que realizan hechos tipificados por la ley como delitos. En ellas, los adolescentes reciben las clases correspondientes a su nivel escolar, realizan trabajo socialmente útil (TSU) y llevan a cabo actividades que complementan su proceso de reinserción a la sociedad.

Llegamos a la antigua terminal de Matanzas a la 12:00pm. En contra de todos los pronósticos no había nadie esperándonos. Llamamos a varias personas y nadie tenía respuestas.

Miramos el reloj. Era hora de almuerzo. Daniela abandonó la postura de falsa neutralidad y empezó a hacer muchas conjeturas; ya bajo la sombra de un árbol, Luis nos dijo con calma:

—Ana, recoge el maletín. Daniela dame acá la maleta esa y coge tú esta java que pesa menos. Miren, nos vamos a caminar Matanzas. Yo más o menos sé dónde estamos.

Por muy increíble que nos pudiera parecer, nadie sabía dónde estaba la EFI, todos la conocían como “la cárcel de menores”. Llegamos a la sede provincial del Minint, pedimos indicaciones y luego de un camino enredado encontramos nuestro destino.

Las primeras impresiones siempre se han dicho que son importantes; pues bien, la EFI Antonio Guiteras es muy bonita. Está totalmente pintada, limpia y organizada. Las plantas cuidadas y los pasillos relucientes. Tiene un amplio patio en el centro de la rectangular disposición de sus pasillos y en este una plazoleta donde luego veríamos izar la bandera y desarrollar el matutino escolar.

Antes de asignarnos el cubículo donde dormiríamos en esa semana, la oficial de guardia nos llevó a conocer a los adolescentes. Parados uno al lado del otro, había 12 muchachos que nos miraban con atención. La oficial les contó quiénes éramos y cuál era nuestro objetivo. Se hizo silencio.

Llegaron las 7:00pm y comenzamos la primera sesión. Como proyecto seguimos los preceptos de la educación popular e invitamos a los muchachos a sentarse en círculo con nosotros en el patio. Al comienzo mostraron resistencia. No prestaban atención o reían bajo.

Los coordinadores no perdimos la paciencia. Nos presentamos, facilitamos establecer normas grupales, les hablamos de periodismo y de cómo aplicarlo en la adolescencia. Preguntamos qué expectativas tenían en el taller y anotamos sus temas de interés.

Ellos quisieron saber cómo era La Habana, por qué habíamos llegado a Matanzas, nuestros gustos musicales y aspiraciones.

El lunes 8 de septiembre comenzó al alba, vimos la rutina de la escuela. A las 3:00pm los esperábamos en la biblioteca con cierto nerviosismo. No era la primera sesión, pero sí la primera en la que entraríamos en verdadero contenido periodístico.

Los nervios también se debían a otro factor: en un principio habíamos ido con la idea de enseñarles a producir un podcast, pero ellos contaron que les interesaba crear un audiovisual y nos comprometimos a hacerlo realidad.

Hablamos de los géneros periodísticos tradicionales. Quedaron fascinados con la entrevista, la crónica y el comentario. La nota informativa les pareció demasiado seria y el reportaje algo extenso. Las dinámicas ayudaron a que los temas se entendieran sin percances.

El martes descubrimos que era el cumpleaños de Alejandro. Lo vimos llorar desconsolado al terminar el matutino. Fuimos al pueblo a hacernos de un pequeño dulce adornado con una vela. Le cantamos feliz cumpleaños antes de empezar la sesión vespertina.

Luego, sería él quien ayudara a elaborar el guión literario, grabara la primera parte de la voz en off y llenara los papelógrafos de agradecimientos y buenos deseos en colores.

Un rato después hablamos de periodismo audiovisual, de la importancia del sonido y la imagen. Conocieron y pusieron en práctica los ángulos, planos y movimientos de cámara más utilizados.

Fue entonces cuando Ryan dijo:

—Madrina, ah no, Ana, ¿y nosotros no podemos salir en el documental tocando los instrumentos? Tití y yo podemos tocar los batá y Jordan canta.

Cuando Ryan dijo eso comprendí que ellos tenían claro que iban a contar su propia historia. Supe que el toque distintivo del audiovisual sería el tener banda sonora original. Al instante le dije que sí. Fue la mejor decisión que pudimos tomar.

Todo marchaba de maravilla. Los adolescentes eligieron el nombre para su audiovisual: “Un nuevo comienzo”. Centraron el tema y elaboraron un guión.

Estábamos listos para comenzar las grabaciones cuando nos enteramos de que se había caído el sistema electroenergético nacional (SEN). Nos invadió la preocupación.

La EFI está protegida bajo un circuito al cual le ponen la electricidad 3 horas cada 6 horas. Adaptarnos a eso no fue tan difícil como pensamos. Una profesora de la EFI nos confió que en su casa ya el refrigerador es un armario más.

El jueves grabamos su día a día en la EFI: el desayuno, el matutino, las clases, el TSU, tocando los instrumentos, jugando dominó, haciendo deporte y conversando sobre sus sueños.

—Yo le quisiera aconsejar a los muchachos que están allá afuera que la calle no da nada, que se cuiden y que no sigan malos pasos

El viernes en la noche tuvo lugar la última sesión. El círculo de sillas bajo el cielo estrellado escuchó los aprendizajes y experiencias personales del taller. Lloré mucho ese día. No podía aceptar que debía irme y dejarlos allí.

Finalmente, llegó el sábado 13 de septiembre. El día del gran estreno.

Presentamos el video. Sus caras fueron poemas. Algunos muchachos se rieron, otros se taparon la cara por vergüenza. Dos madres lloraron emocionadas al escuchar las entrevistas de sus hijos.

Los escaramujos estábamos orgullosos. Habíamos logrado algo que parecía imposible.

Nos fueron a buscar para dejarnos en la terminal. Los abracé a todos. No me hubiera perdonado si me iba sin hacerlo.

Me empeñé en llevarme un recuerdo. Un pedacito de tierra de la Antonio Guiteras. Cuando me monté en el asiento trasero de aquel Lada llevaba entre mis manos un retoño de terciopelo debidamente guardado en una bolsa.

El ómnibus rumbo a La Habana llegó. Recuerdo vívidamente los portales vacíos, las lomas bañadas de fría llovizna y el cielo gris de esa tarde.

Recuerdo a Silvio Rodríguez que, mediante mis audífonos, fue la banda sonora de mi regreso:

Si alguien roba comida

Y después da la vida, ¿qué hacer?

¿Hasta dónde debemos practicar las verdades?

¿Hasta dónde sabemos?

Que escriban, pues, la historia, su historia

Los hombres del Playa Girón.

Taller en la EFI «José Martí»: un viaje de transformación

Por Nasaelys Isela Rodriguez Rodriguez, estudiante de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de la Habana.

En agosto de 2025, la Escuela de Formación Integral (EFI) José Martí de La Habana acogió un nuevo taller del Proyecto Escaramujo, esta vez dedicado a la reflexión sobre masculinidades y roles de género (taller en la EFI José Martí).

El encuentro representó un paso significativo en el compromiso por fomentar un diálogo inclusivo y constructivo entre adolescentes y sus familias, reafirmando la vigencia de un proyecto que comenzó en 2010 y que hoy suma más de un centenar de experiencias educomunicativas en todo el país.

El taller no solo fue un espacio de aprendizaje, sino también de memoria. Rodolfo Romero, fundador del proyecto, confesó que regresar a la misma EFI donde todo inició hace quince años lo hizo “viajar en el tiempo”.

Encontrarse con jóvenes cuyas historias de vida recordaban a las de aquellos muchachos del primer taller, constató que, pese al paso del tiempo, los problemas sociales persisten y se repiten patrones familiares. “Hay estudiantes que provienen de hogares disfuncionales y otros de familias preocupadas por su futuro, pero igualmente marcados por decisiones condicionadas por su entorno social”, señaló.

Para él, esta experiencia número 100 reafirma que Escaramujo debe ampliar su radio de acción hacia las familias, con una labor preventiva que evite que los adolescentes terminen en escuelas de formación integral por causas sociales evitables.

La coordinadora del taller, Laura Sofía, también compartió su visión. Reconoció que fue uno de los más difíciles de preparar, pues debió separar su emocionalidad para guiar el proceso con claridad.

Sin embargo, destacó que la metodología de la educación popular —basada en el diálogo, la interacción, la diversión y la horizontalidad— permitió sensibilizar a los adolescentes y hacerlos sentir escuchados. “Ellos fueron parte de un taller en el que se sabían importantes”, afirmó.

La jornada alcanzó un momento especial durante la visita de los padres, cuando los jóvenes narraban con entusiasmo lo aprendido. Para el equipo de Escaramujo, ver esa conexión entre adolescentes y familias fue profundamente satisfactorio.

Desde su primera experiencia en 2010, los talleres de Escaramujo han evolucionado y se han expandido más allá de La Habana, llegando a diversas provincias del pais. Cada encuentro ha sido una oportunidad para que los participantes compartan sus vivencias y reflexionen sobre su papel en la sociedad, construyendo un sentido de pertenencia y colaboración.

El taller de 2025, con sus desafíos y aprendizajes, confirma que la comunicación comunitaria sigue siendo una herramienta transformadora: cada joven tiene el poder de contribuir a una sociedad más justa e igualitaria, y cada familia puede ser parte activa de ese proceso.

Lazos especiales para educar

Por: Lizabet García Romero

El crecimiento profesional y la prosperidad comienzan a dar sus pasos cuando los especialistas se trazan un punto de paertida con objetivos claros y sueños infinitos. Ese es el caso de la Ms. C Ileana Alea Castillo, actual profesora de Psicología de la Universidad de Oriente. Hoy nos cuenta, cómo su camino se dirigió a prestarle ayuda a los adolescentes que se encuentran en la Escuela de Formación Integral (EFI) de Santiago de Cuba y la experiencia que le ha aportado su elección.

¿Cómo comenzó su vínculo con la Escuela de Formación Integral?

Su primera impresión al iniciar la labor vinculada al centro

¿Cómo es el entorno de la EFI para los muchachos?

¿En qué consiste el trabajo que realiza en la EFI?

El principal aprendizaje que le ha aportado su profesión en el desempeño con estos muchachos…

Kevin

Por Lizabet García Romero

Camina por las calles haciendo análisis exhaustivos de su alrededor, escogiendo cautelosamente los objetos de su interés y la próxima víctima.

Toma por la fuerza artículos que le propician beneficios monetarios, generalmente cadenas y celulares. No le interesa el sacrificio de los otros para adquirirlos, no le interesa trabajar tampoco, tardaría demasiado tiempo en tener acceso a esos objetos de elevada validez.

A sus 16 años, es la manera más fácil y rápida que encuentra para mantener a su hijo de 10 meses. ¿La madre de la criatura? Otra adolescente que abandonó los estudios con el prematuro embarazo y reside en Mayabeque. Los amores de internet…

Nunca está en casa, deambula por las madrugadas y coquetea con las drogas. Se niega a colaborar con los trabajadores sociales que buscan alternativas para moldear su comportamiento y pueda tener un futuro mejor.

Las constantes faltas de respeto van en avanzada, no aprendió otra cosa mientras crecía. Le grita a su madre y no escucha nada de lo que ella tiene que decirle. Esta, siempre lo encubre en sus actos delictivos por miedo a que se lo lleven, pero lo que no sabe es que su niño ya no está. Sí se lo llevaron; se lo llevaron las malas experiencias que le arrebataron su inocencia y le rompieron en pedazos los deseos de ser un hombre de bien.

La más grave de las acciones

Por Lizabet García Romero

Se revolucionan los pensamientos cuando se considera que un adolescente o niño, puede cometer un acto tan grave como un asesinato, pero sí, ocurre. ¿Esa será la única alternativa que esas criaturas encuentran para escapar de una vez por todas del sufrimiento que los tortura?

Es inevitable que estos muchachos cumplan con una especie de sanción donde se les eduque y se les haga entender que esa no es la vía correcta para resolver las situaciones que atravesaron, no existe justificación para terminar con la vida de otra persona, por mucho daño que les haya hecho.

Para dictar la medida y la manera en que se manejará el caso se tiene en cuenta otros elementos como el comportamiento de los muchachos. Se analizan para explorar todas las aristas de su conducta, independientemente del delito que cometió.

Dayana resalta que la mayoría de los muchachos que han cometido asesinato, no son los más malos. No tienen comportamiento agravado, ni afectaciones en sus áreas de relación y muchos tienen los procesos cognitivos conservados.

Quizás las situaciones los desbordaron y el colapso los llevó por un camino equivocado, que en su momento creyeron única solución para enfrentar una realidad insostenible, aunque eso representara acabar con una vida humana. 

De recorrido por la EFI…

Por: Lizabet García Romero

Ha atendido entre 200 y 300 casos desde que comenzó su labor como Psicóloga de la Escuela de Formación Integral José Martí (EFI). Su trabajo, la llena de orgullo, a pesar de las extensas jornadas y las guardias de 24 horas, porque Yelena de las Mercedes Valenzuela Horta, vive satisfecha por sus logros profesionales.

Una vez que los muchachos se encuentran en la EFI, el vínculo con sus padres continúa, y la institución propicia los espacios necesarios y los especialistas capacitados para mediar siempre que se corresponda.

Son diversos los motivos por los que estos muchachos llegan al centro, aunque siempre existen algunos más frecuentes.

Una vez que están dentro, se enfrentan a un nuevo entorno, totalmente diferente al que ellos acostumbran frecuentar. La compañía, los especialistas, la infraestructura y el régimen, los obliga a someterse a un proceso de adaptación.

La convivencia, siempre trae consigo desavenencias, que deben ser controladas y mediadas por los responsables de inculcarles el cambio en su conducta. Para ello existe un documento regulador con una serie de medidas aplicables.

Después de que los muchachos vuelven a su entorno habitual, fuera del centro, algunos reinciden en las conductas desajustadas que los condujeron a la EFI y se hace necesario el retorno para continuar con el trabajo correctivo.

Todos los casos son de relevante importancia, pero siempre algunas aristas se complejizan más y la labor se puede tornar dificultosa para transmitir a los muchachos cuál es el camino correcto a seguir.

Cuando el trabajo se realiza con amor, siempre trae consigo experiencias positivas, gratificantes que alimentan la vida con hermosos momentos y nuevos seres queridos.

Siempre se recoge lo que se siembra, y el afecto es merecido para todos los seres humanos. En ocasiones, quienes más lo necesitan, son los que más fácil lo ofrecen.

Eso es trabajo del CEAOM

Por: Lizabet García Romero

Tres años atrás, una joven indecisa valoraba cuál sería la mejor opción para definir su futuro laboral. Estudiaba psicología y solo sabía que le gustaba el trabajo con niños y adolescentes para encontrar la manera de ayudarlos.

Hoy, es Psicóloga Oficial Evaluadora del CEAOM (Centro de Evaluación, Análisis y Orientación de Menores) y ha atendido alrededor de 180 casos. Su nombre es Dayana Morejón Tur y hoy nos cuenta sobre su trabajo en esa institución.

Channely

Por: Lizabet García Romero

El hogar de niños sin amparo familiar está revuelto, una bronca entre dos adolescentes rompió la tranquilidad. Entre gritos y revuelo llegan los responsables del cuidado de los muchachos para enterarse de lo sucedido y resolver inmediatamente la situación.

Channely me sacó una tijera con punta, para darme una puñalada. - Fue la primera respuesta de una de las adolescentes protagonistas del altercado.

Tras un proceso de investigación, donde se conversa con los niños que fueron testigos de la discrepancia, afirman que sí, que la adolescente decía la verdad, Channely llora, alegando que es mentira. Finalmente…

El destino de Channely, fue ingresar en la Escuela de Formación Integral José Martí, tras un exhaustivo proceso de tramitación e investigaciones. ¿La otra adolescente? Poco tiempo después terminó haciendole compañía.

En ocasiones, las peores situaciones son las que hacen escarmentar, quizás Channely decidió que ya era momento de hacer un cambio en su vida, y para ello debía comenzar por su conducta.

¿Llevar el cuño del barrio?

Proceder de una comunidad con alta vulnerabilidad social puede ser a veces una ventaja, sobre todo cuando alguien se involucra en un proyecto para rescatar a jóvenes sometidos a las consecuencias de esos ambientes. Así le ocurre al joven Lázaro Raydel Galano, estudiante de la Universidad de Ciencias Pedagógicas de La Habana e integrante del proyecto Escaramujo.

Por Lisandra Ronquillo Urgellés

Lázaro creció en Párraga, un barrio como otro cualquiera del municipio habanero Arroyo Naranjo, en ese pedazo de ciudad que colinda al norte con el consejo popular de Callejas y al sur con la Güinera. Allí donde cada noche-madrugada confluyen, como en otras zonas vulnerables de la capital, la delincuencia, la droga y jóvenes que intercambian sexo por dinero. Allí mismo donde vive con su mamá y su abuela desde que nació un 17 de diciembre de 1997 y donde seguirá viviendo una vez que se gradúe de la universidad.

La primera de sus pasiones la aprendió del padre y los constantes viajes desde pequeño a los estadios deportivos. La otra llegó un poco después, para guiarlo incluso en sus estudios en el Instituto Universitario Pedagógico Enrique José Varona. «Siempre me gustó la historia y en el pre tuve un buen maestro que me motivó. Me gusta educar y enseñar a los estudiantes a que analicen y sean capaces de tener sus propios criterios».

En Párraga hay aproximadamente dos círculos infantiles, cuatro escuelas primarias, dos escuelas secundarias básicas y una escuela de conducta. A inicios de 2016 llegaron a la UPEJV los miembros más antiguos del proyecto Escaramujo para hablar sobre la metodología de la Educación Popular y los procesos educomunicativos, desde entonces Lázaro Raydel Galano lleva el arte de la pedagogía a espacios adolescentes marcados por la supervivencia en las calles y escenarios familiares complejos.

«Los estudiantes se identifican más y se sorprenden de vernos allí, sobre todo en mi caso, que vivo en un barrio igual que el de ellos. Lo primero que la mayoría pensamos al llegar a una Escuela de Formación Integral (EFI) es que encontrarás adolescentes violentos, con situaciones difíciles en lo familiar y en lo personal. Sin embargo, con nosotros nunca han sido agresivos, como adolescentes tienen características propias de su edad, son intranquilos, etc. Lo que sí  los afecta es la falta de una correcta orientación, y una mayor comprensión y preocupación por parte de sus familias que, en muchos casos, propicia que caigan en los centros de reeducación».

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Los horarios de una EFI suelen ser similares a los de un centro de enseñanza para becados. «Se levantan temprano, desayunan, los que tienen clases van a recibirlas y meriendan sobre las 10 de la mañana. Al mediodía corresponde el almuerzo y luego, los que no tienen clases, se quedan en el destacamento hasta la tarde. Ven el noticiero después de la comida y durante el día algunos están en tareas como la limpieza, la chapea o el apoyo en el comedor».

El hecho de pertenecer a un lugar u otro, marcado en mayor o menor medida por los estereotipos generados por las problemáticas sociales, no debería acuñar irresponsablemente determinadas características a sus habitantes. El haber estudiado en una escuela de conducta tampoco debería hacerlo.

Los jóvenes que se suman al proyecto Escaramujo buscan contribuir a sacar a los adolescentes de las EFI de sus universos marginales.

«Para algunos de ellos el haber estado en una EFI es algo meritorio, mientras para otros, que son la mayoría, los marca para siempre. A partir de ese momento son vistos como delincuentes; ocurre que después de su egreso casi siempre en los lugares en los que se insertan, o en sus barrios, los rechazan. Si bien las causas más comunes por las que ingresan en estos centros son el consumo de drogas, hechos delictivos con objetos punzantes, robos con fuerza, no siempre el entorno familiar determina las características del adolescente. Conocí a uno cuyos padres tenían buena posición, el papá era administrador de un buen mercado y su mamá ama de casa, pero él cayó allí, su barrio, sus amistades, influyeron más que su familia».

Lázaro participó en los talleres en la EFI de La Habana en 2016 y 2017, en ellos asumió los roles de coordinador o relator. «Observamos generalmente su comportamiento en la escuela desde lo pedagógico, lo psicológico, lo comunicativo, la influencia del grupo, los roles de liderazgo, las características que ellos identifican de sus barrios, entre otros muchos aspectos. Todos seguían al líder del grupo, lo apoyaban y nosotros nos dábamos cuenta de que este adolescente era quien podía ayudarnos en los talleres para comprometer a los demás. A su vez hablamos con ellos temas como el barrio, la familia, la escuela, la sexualidad y la comunicación. Reconstruíamos, en conjunto, historias en las que ellos fueran capaces de determinar si lo que hacían era correcto, o no, a través de técnicas y de análisis de sus conductas». 

Desde sus inicios Escaramujo ha potenciado que su práctica quede registrada en investigaciones concretas que han servido para validar su experiencia de transformación social desde un punto de vista académico y han contribuido a que el proyecto forme parte, desde 2018, del Programa Nacional de Educación del CITMA. Muchas veces las experiencias en las EFI tributan a proyectos de investigación para licenciaturas, maestrías y doctorados. Las muestras, en la mayoría de los casos, son escogidas al azar, pero siempre la escuela tiene interés en trabajar con algunos adolescentes en específico, para ayudarlos desde la pedagogía, la comunicación, la psicología y otras diferentes disciplinas desde donde se suman universitarios al proyecto.

Aunque muchos logran cambiar a partir de los talleres, confiesa Raydel, otros mantienen su conducta desajustada. «Conocí a un muchacho cuyo sueño era la música. Era bastante tranquilo, pero sus amigos tenían una mala conducta y asimiló ese comportamiento por la presión social.  Su familia siempre se preocupó por él y hoy agradece a Escaramujo el haber podido cumplir su sueño. A mí, en lo personal, el proyecto me dio la oportunidad de cambiar como persona, de conocer a los chicos, y de aumentar mi conocimiento. Lo que hacemos es una linda labor, pero la verdadera experiencia se adquiere en las EFI. En fin, lo llevo en mi corazón, porque yo también cumplí mi sueño gracias a Escaramujo».

Los talleres de Escaramujo buscan trasformar el imaginario social de los jóvenes a partir de procesos educomunicativos

Cuando lo ínfimo se hace extraordinario

Por Lisandra Ronquillo Urgellés

Ella quiso ser periodista, y no en el sentido frívolo de marcar esta u otra opción en la boleta de 12 grado. Quería escribir, soñar, alentar las verdades que necesitaban ser dichas, conocerlas, hacerlas suyas. Ella quiso ser periodista y lo hizo. Empacó las maletas un día y salió de Morón para ir a estudiar a la Universidad de Camagüey. Observó, se hizo preguntas, se cuestionó ciertas realidades y decidió transformarlas.

En primer año conoció a Lísabell Sánchez, la «profe» de Teoría de la Comunicación, y desde entonces quedó prendada de la educación popular. En ese semestre entraron las dos juntas a Escaramujo. Una semana, 7 días en Ignacio Agramonte, fueron suficientes para comprender que en las Escuelas de Formación Integral — de conducta — existen, como se dice por ahí, adolescentes que cometen delitos, viven en barrios marginales y tienen familias complejas y disfuncionales. Sin embargo, también percibió que algunos, como ella quiso alguna vez, ansiaban ser periodistas, médicos, psicólogos, o realizar cualquier «pinchita» para ayudar a la pura, el puro, la abuela, sus seres queridos.

Amanda Tamayo piensa en el proyecto Escaramujo y lo primero que viene a su mente no es, paradójicamente, un taller, sino la sensación de formar parte, de significar algo para los adolescentes en las tardes. «Para ayudar nos sentábamos todos a escoger el arroz del comedor escuchando al dúo Buena Fe, mientras los muchachos conversaban con nosotros por las ventanas o nos pedían que los viéramos jugar al fútbol.

«La primera vez que fui a la EFI Ignacio Agramonte tenía 18 años y dije que tenía 20, porque el tema de la edad me preocupaba. Tenía mucho miedo de no caerles bien a los muchachos, porque tengo una personalidad seria e introvertida. Por lo demás, me impactó un poco la rigidez de la vida en la escuela. Estaba nerviosa…».

EL DÍA A DÍA

En el hablar popular a las escuelas de conducta se les denominaba «combinaditos». Si nos guiáramos por tal denominación, obviamente se relacionarían los estrictos horarios y reglas de una cárcel con los de estas instituciones de adolescentes. Eso no es del todo cierto. Los que ingresan a estos centros no suelen ser vistos por la sociedad como jóvenes víctimas de sus entornos sociales, esos que los han llevado a sobrevivir siguiendo las leyes de la calle. Ante los ojos de la opinión pública y hasta del barrio, muchas veces se les ve como ladrones, prostitutas, delincuentes, «elementos». Las EFI intentan sacarlos de los universos marginales a los que están acostumbrados.

«Existen muchos prejuicios al respecto — dice Amanda — pero la triste realidad es que muchos de esos niños están mejor ahí que en sus casas. Es una escuela cuya rutina es bastante apegada al estilo de vida militar, pero no dista tanto de una escuela normal. Tienen clases, hacen deportes, comen tres veces al día, reciben meriendas. Allí tienen enfermería, recreación una vez al mes, visitas familiares.

«Los acompañan uno o dos oficiales diariamente y tienen un instructor o maestro guía. Se les aplican castigos, como en casa, pero nunca de índole corporal. Yo creo que lo que falta es trabajo de promoción de las relaciones interpersonales, la empatía, la igualdad de género, la violencia, la salud sexual y otros temas que no cubren las clases. Una carencia que viene a suplir Escaramujo, pero todavía de manera muy insuficiente».

¿Y qué sucede después de salir de estas instituciones?

«En la realidad a la que ellos pertenecen mamá y papá no suelen estar presentes, la calle es la escuela, la delincuencia y la violencia se normalizan, y los valores morales están de cabeza. Eso no lo curan las escuelas, ni las EFI, ni la policía. Los niños solo son un síntoma, la comunidad en la que crecen, y a la que vuelven al salir de la EFI, es la enfermedad».

«Son muchachos que creen que mi vida (ir a una universidad, hacerse profesional) es algo distante, como de otro universo. Su reinserción depende de cuánto añoren su propia emancipación y de que superen la inercia que provocan los ambientes sociales en los que crecen, que aprendan a conocerlos y cuestionarlos. La educación popular, confío, es la única o la más eficiente manera de ayudarlos a cuestionarse su vida. En eso la EFI debería influir».

EL TALLER

La primera vez que Amanda se paró ante un aula fue en la EFI Ignacio Agramonte, de Camagüey. En ese momento maldijo su carácter introvertido, su timidez e incluso la hora en la que se apuntó a aquel proyecto edocomunicativo llamado Escaramujo. Estaba totalmente fuera de su zona de confort, de pie frente a un grupo de muchachos cuyas miradas variaban entre la indiferencia de algunos, el interés de otros, y los ojos retadores de los más rebeldes marcando territorio.

¿Se detuvo? No, para nada, y entonces comenzó a hablar de todo un poco, sobre el audiovisual, las historias, los planos, el periodismo, la vida…

«Conocí muchachos sensibles, muchachos que desconfiaban de nosotros, otros muy faltos de cariño, o violentos, o muy graciosos, confianzudos, distantes, inteligentísimos, un poco mentirosos. Sin duda sus historias han sido en parte desgarradoras, pero recuerdo uno en especial que lo único que quería era volver a su casa y no preocupar más a sus abuelos, un par de ancianos que lo criaban desde hacía mucho. Si bien comprometerlos es difícil, cuando la escuela colabora, y se identifican líderes positivos, salen muy buenas reflexiones».

Escaramujo nació el 10 de enero de 2010, cuando en la Escuela de Formación Integral José Martí, en La Habana, se inició el primer taller de comunicación audiovisual sustentado en la metodología de la Educación Popular. Desde entonces el proyecto busca contribuir al desarrollo psicosocial de niñas, niños y adolescentes en Cuba, fundamentalmente en aquellos y aquellas que viven en condiciones de vulnerabilidad social.

«Los talleres audiovisuales son realmente un pretexto. Empezamos con mostrarles cortos, teleplays, animados, todos con temáticas relativas a la empatía, el entramado barrio-familia-escuela, etc… Luego los animamos a contar historias con dibujos, fotos u otros medios de expresión. Pero el objetivo principal es que esas historias salgan de sus experiencias, para que, viéndolas así, en tercera persona, les hagan pensar».

Amanda quiso ser periodista y lo hizo, ahora trabaja en el periódico Invasor de Ciego de Ávila, su provincia natal. Ella consiguió ayudar a otros a través de la educación popular. Confiesa que antes de Escaramujo nunca había hecho algo tan atrevido, pero no se arrepiente, pues hasta ahora nada ha logrado hacerla sentir tan bien consigo misma que ese proyecto.

«Quisiera olvidar cualquier momento en que no comuniqué lo que debía adecuadamente, en que les impuse una línea de pensamiento, en que no los escuché, o en el que la técnica, la mística o la actividad grupal no funcionó, o se pareció a una clase común y corriente. Pero a la vez me alegra recordarlos y mejorar, porque la memoria al fin y al cabo es un mecanismo de supervivencia»

¿Y si tuvieras la oportunidad de invitar a otro universitario a formar parte de Escaramujo qué le dirías?

«Que puede cambiar cosas. Que, aunque no cambie nada, existe la ínfima posibilidad de que el hecho de conocerte haga que algún muchacho en conflicto se haga una pregunta que le desate una revolución interior. Y por esa pequeña posibilidad vale la pena luchar.