Por Ana Beatriz Liens Samper, estudiante de 3er año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

A las 5:30am sonó la alarma en la penumbra de mi habitación. Desperté con mucho dolor de cabeza, apagué el teléfono y al darme cuenta de que ya era 7 de septiembre casi vomito. Un gallo a lo lejos cantó al amanecer.
Mi familia estaba más nerviosa que yo. Me hacían las mismas preguntas una y otra vez: ¿Cogiste todo?, ¿Los van a ir a recoger cuando lleguen?, ¿Dónde van a dormir? Respondí como un robot con las respuestas predeterminadas. Todas mis energías estaban centradas en llegar a tiempo a coger el ómnibus con destino a Matanzas.
En la terminal me encontré con Luis y Daniela, mis compañeros de viaje. Luis, un periodista en formación con alma soñadora, estaba aparentemente tranquilo. Transmitía mucha seguridad. Todo parecía estar bajo su control.
Daniela se veía un poco más expectante. Miraba a todo y todos en silencio analítico. La psicología no había sido para ella una carrera escogida al azar.
Nos despedimos de nuestros familiares llegadas las 8:00am. Entregamos el equipaje y, al cabo de un rato de espera, por la ventanilla de una Transmetro azul, dijimos adiós con la mirada a la terminal de ómnibus de La Habana.

La mayor parte del viaje una silenciosa Daniela trató de no marearse junto a Luis y a mí, que no paramos de hablar la primera hora y media. Comentamos ideas a desarrollar y algunos debates teológicos. Los tres estábamos emocionados. Intuíamos que este viaje transformaría las vidas de los adolescentes y las nuestras. Ellos aprenderían a contar con sus voces la realidad; nosotros nos descubriríamos en cada una de sus historias.
El proyecto universitario Escaramujo, al cual nos unimos formalmente en el año 2025, pero que ya goza de 15 años de creado, logró sembrar en pocos meses las ganas insaciables de ayudar y hacer en nosotros, jóvenes estudiantes de 3er año. Cuando el proyecto nos propuso desarrollar durante una semana un taller de periodismo adolescente en la Escuela de Formación Integral (EFI) «Antonio Guiteras Holmes», los casi periodistas no pudimos resistirnos. Para nosotros era un honor.
Las Escuelas de Formación Integral recogen en sus instalaciones a adolescentes que realizan hechos tipificados por la ley como delitos. En ellas, los adolescentes reciben las clases correspondientes a su nivel escolar, realizan trabajo socialmente útil (TSU) y llevan a cabo actividades que complementan su proceso de reinserción a la sociedad.
Llegamos a la antigua terminal de Matanzas a la 12:00pm. En contra de todos los pronósticos no había nadie esperándonos. Llamamos a varias personas y nadie tenía respuestas.
Miramos el reloj. Era hora de almuerzo. Daniela abandonó la postura de falsa neutralidad y empezó a hacer muchas conjeturas; ya bajo la sombra de un árbol, Luis nos dijo con calma:
—Ana, recoge el maletín. Daniela dame acá la maleta esa y coge tú esta java que pesa menos. Miren, nos vamos a caminar Matanzas. Yo más o menos sé dónde estamos.

Por muy increíble que nos pudiera parecer, nadie sabía dónde estaba la EFI, todos la conocían como “la cárcel de menores”. Llegamos a la sede provincial del Minint, pedimos indicaciones y luego de un camino enredado encontramos nuestro destino.
Las primeras impresiones siempre se han dicho que son importantes; pues bien, la EFI Antonio Guiteras es muy bonita. Está totalmente pintada, limpia y organizada. Las plantas cuidadas y los pasillos relucientes. Tiene un amplio patio en el centro de la rectangular disposición de sus pasillos y en este una plazoleta donde luego veríamos izar la bandera y desarrollar el matutino escolar.

Antes de asignarnos el cubículo donde dormiríamos en esa semana, la oficial de guardia nos llevó a conocer a los adolescentes. Parados uno al lado del otro, había 12 muchachos que nos miraban con atención. La oficial les contó quiénes éramos y cuál era nuestro objetivo. Se hizo silencio.
Llegaron las 7:00pm y comenzamos la primera sesión. Como proyecto seguimos los preceptos de la educación popular e invitamos a los muchachos a sentarse en círculo con nosotros en el patio. Al comienzo mostraron resistencia. No prestaban atención o reían bajo.
Los coordinadores no perdimos la paciencia. Nos presentamos, facilitamos establecer normas grupales, les hablamos de periodismo y de cómo aplicarlo en la adolescencia. Preguntamos qué expectativas tenían en el taller y anotamos sus temas de interés.
Ellos quisieron saber cómo era La Habana, por qué habíamos llegado a Matanzas, nuestros gustos musicales y aspiraciones.
El lunes 8 de septiembre comenzó al alba, vimos la rutina de la escuela. A las 3:00pm los esperábamos en la biblioteca con cierto nerviosismo. No era la primera sesión, pero sí la primera en la que entraríamos en verdadero contenido periodístico.
Los nervios también se debían a otro factor: en un principio habíamos ido con la idea de enseñarles a producir un podcast, pero ellos contaron que les interesaba crear un audiovisual y nos comprometimos a hacerlo realidad.

Hablamos de los géneros periodísticos tradicionales. Quedaron fascinados con la entrevista, la crónica y el comentario. La nota informativa les pareció demasiado seria y el reportaje algo extenso. Las dinámicas ayudaron a que los temas se entendieran sin percances.
El martes descubrimos que era el cumpleaños de Alejandro. Lo vimos llorar desconsolado al terminar el matutino. Fuimos al pueblo a hacernos de un pequeño dulce adornado con una vela. Le cantamos feliz cumpleaños antes de empezar la sesión vespertina.
Luego, sería él quien ayudara a elaborar el guión literario, grabara la primera parte de la voz en off y llenara los papelógrafos de agradecimientos y buenos deseos en colores.

Un rato después hablamos de periodismo audiovisual, de la importancia del sonido y la imagen. Conocieron y pusieron en práctica los ángulos, planos y movimientos de cámara más utilizados.
Fue entonces cuando Ryan dijo:
—Madrina, ah no, Ana, ¿y nosotros no podemos salir en el documental tocando los instrumentos? Tití y yo podemos tocar los batá y Jordan canta.
Cuando Ryan dijo eso comprendí que ellos tenían claro que iban a contar su propia historia. Supe que el toque distintivo del audiovisual sería el tener banda sonora original. Al instante le dije que sí. Fue la mejor decisión que pudimos tomar.

Todo marchaba de maravilla. Los adolescentes eligieron el nombre para su audiovisual: “Un nuevo comienzo”. Centraron el tema y elaboraron un guión.
Estábamos listos para comenzar las grabaciones cuando nos enteramos de que se había caído el sistema electroenergético nacional (SEN). Nos invadió la preocupación.
La EFI está protegida bajo un circuito al cual le ponen la electricidad 3 horas cada 6 horas. Adaptarnos a eso no fue tan difícil como pensamos. Una profesora de la EFI nos confió que en su casa ya el refrigerador es un armario más.
El jueves grabamos su día a día en la EFI: el desayuno, el matutino, las clases, el TSU, tocando los instrumentos, jugando dominó, haciendo deporte y conversando sobre sus sueños.
—Yo le quisiera aconsejar a los muchachos que están allá afuera que la calle no da nada, que se cuiden y que no sigan malos pasos

El viernes en la noche tuvo lugar la última sesión. El círculo de sillas bajo el cielo estrellado escuchó los aprendizajes y experiencias personales del taller. Lloré mucho ese día. No podía aceptar que debía irme y dejarlos allí.
Finalmente, llegó el sábado 13 de septiembre. El día del gran estreno.
Presentamos el video. Sus caras fueron poemas. Algunos muchachos se rieron, otros se taparon la cara por vergüenza. Dos madres lloraron emocionadas al escuchar las entrevistas de sus hijos.

Los escaramujos estábamos orgullosos. Habíamos logrado algo que parecía imposible.
Nos fueron a buscar para dejarnos en la terminal. Los abracé a todos. No me hubiera perdonado si me iba sin hacerlo.
Me empeñé en llevarme un recuerdo. Un pedacito de tierra de la Antonio Guiteras. Cuando me monté en el asiento trasero de aquel Lada llevaba entre mis manos un retoño de terciopelo debidamente guardado en una bolsa.

El ómnibus rumbo a La Habana llegó. Recuerdo vívidamente los portales vacíos, las lomas bañadas de fría llovizna y el cielo gris de esa tarde.
Recuerdo a Silvio Rodríguez que, mediante mis audífonos, fue la banda sonora de mi regreso:
Si alguien roba comida
Y después da la vida, ¿qué hacer?
¿Hasta dónde debemos practicar las verdades?
¿Hasta dónde sabemos?
Que escriban, pues, la historia, su historia
Los hombres del Playa Girón.












Lázaro creció en Párraga, un barrio como otro cualquiera del municipio habanero Arroyo Naranjo, en ese pedazo de ciudad que colinda al norte con el consejo popular de Callejas y al sur con la Güinera. Allí donde cada noche-madrugada confluyen, como en otras zonas vulnerables de la capital, la delincuencia, la droga y jóvenes que intercambian sexo por dinero. Allí mismo donde vive con su mamá y su abuela desde que nació un 17 de diciembre de 1997 y donde seguirá viviendo una vez que se gradúe de la universidad.



